No.28, Enero/Abril-2011

Índice:

Presentación
Manuel Ansede: Una jaula estalinista para 24 millones de personas
Gustavo Adolfo Garcés: Infancia; Habitación; Mis amigos; Dragonear; etc.
Ramiro Lagos: La poesía de León de Greiff en los Estados Unidos
Monika Zgustova: Libros en el ‘gulag’
María Angeles Maeso: Ratas; Camisa de fuerza; Primavera nuevamente; etc.
Servando González: Dulces guerreros cubanos…cumbre de la literatura gay…
Odette Alonso: Fantasma
Kary Cerda: Piedra rodante; Puerta de América; Me llueves
Matteo Dean: Philip K. Dick, el filósofo escritor: visiones y razones en su obra
Médar Serrata: Retrato del pintor Carlos Goico; Ostinato (1, 2, 3, 6, 7)
Karina Gálvez: Cuba: El trabajo por cuenta propia ¡otra vez!
Raúl Tápanes López: XIX Maratón de Poesía “La pluma y la palabra”
Omar Lara: Diario de viaje; El premio
Carlos Ma. Domínguez: Disjecta: La universidad Diego Portales edita …
Verónica Zondek: Desaparecida; Ausencia; Poética; Modernidad
Diego Hurtado: Hosbsbawn vuelve a Marx
30 años después…:  Carta enviada desde Cuba a Rafael Bordao
Ernesto Ferrero: Lo reconocí por su silencio: un perfil de (…) Italo Calvino
Vanessa Droz: El otro hombre; Envidia; Calle San Sebastián
Alberto Lauro: “Somos el resultado de una tiranía”
Palabra cargada de futuro: Foto de los poetas en la Biblioteca del Congreso
Aida Toledo: Le canto; Detengo estos instantes; En la memoria; otros…
Héctor Martínez Sanz: La poesía es un idioma con muchas lenguas
Luis de la Paz: Periplo de amor y lucha
Roberto Appratto: Niveles de ficción en la novela Contraluz
Félix Luis Viera: Libro de la derrota de María Elena Hdez. Caballero
Maricel Mayor Marsán: … Un narrador cubano de pura cepa
Jesús Hernández: Un Napoleón que evocaba a los chinos

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XIX Maratón de Poesía “La Pluma y la Palabra”: Los elfos en la Casa de la Luna

Mario Marcel, Nucky Walder y Rei Berroa en la apertura del maratón

Por Raúl Tápanes

Entre el 22 y 23 de abril pasado se llevó a cabo en la ciudad de Washington, el XIX Maratón de la Poesía, presentado por Teatro de la Luna. El encuentro de los poetas participantes tuvo lugar en el Mary Pickford Theater, de la Biblioteca del Congreso. La lectura de poemas y el maratón propiamente dicho, con la participación de los poetas invitados, de artistas y del público que llenó la sala, se realizó en la Casa de la Luna, en la Georgia Avenue.

Teatro de la Luna, una organización cultural dedicada a promover y fomentar la cultura hispana en Estados Unidos, presenta desde funciones teatrales y puestas en escena hasta eventos musicales y talleres de poesía. Fundada en 1991 por el teatrista y actor argentino Mario Marcel y la uruguaya Nucky Walder, la organización ha celebrado este año su 19no maratón de poesía –bajo el título de La Pluma y la Palabra– coordinado por el poeta dominicano Rei Berroa.

Este año el evento ha estado dedicado al centenario de los poetas Gabriel Celaya (España, 1911-1991) y Emilio Adolfo Westphalen (Perú, 1911-2001), presentando a los poetas de la antología “Al pie de la Casa Blanca”, Luis Alberto Ambroggio y Carlos Parada, además del grupo salvadoreño de poesía “Alta hora de la noche”.

Los poetas invitados para este maratón han sido Kary Cerda (México), Vanessa Droz (Puerto Rico), Gustavo Adolfo Garcés (Colombia), Omar Lara y Verónica Zondek (Chile), María Angeles Maeso (España), Médar Serrata (República Dominicana) y Rafael Bordao (Cuba).

Kary Cerda, poeta y fotógrafa, ha publicado los libros de poesía “Por la vida una” (1971), “Soirs de vigne” (1975), “Caracol aventurero” (1992) y “Usumacintamente” (2004), entre otros. Vanessa Droz obtuvo el Premio Nacional de Poesía 1996 en su país de origen por su libro “Vicios de ángeles y otras pasiones privadas”. Gustavo Adolfo Garcés es un poeta profundo y maduro, autor de cuadernos como “Libro de poemas” (1987), “Libreta de apuntes” (2006) y la antología “Breves días” (2010).

Omar Lara es un prolífico autor de más de una veintena de títulos, fundador en 1964 de la revista “Trilce”, que dirige hasta el día de hoy. Verónica Zondek es traductora y poeta; ha publicado “Membranza” (1995), “El libro de los valles” (2003), “Por gracia de hombre” (2008) y otros. María Angeles Maeso es novelista y poeta; entre sus poemarios se encuentran “Sin regreso” (1991), “El bebedor de los arroyos” (2000) y “Basura mundi” (2008). Médar Serrata es profesor y autor, como poeta, de “Las piedras del ábaco” (1986) y “Rapsodia para tontos” (1999). Su poesía es fuerte y de un particular estilo.

Rafael Bordao dirige la revista internacional de arte y literatura “Sinalefa”, que viene haciendo desde 2002. Nacido en La Habana, Cuba, en 1951, reside en New York y mereció en 1998 la distinción “Homme de Lettres” de la Academia Francesa de Arte, Ciencias y Letras. Bordao publica su primer poemario, “Proyectura”, en 1986. Dos años después ve la luz “Acrobacia del abandono” y en 1995, el poemario que le consagraría como uno de los más sólidos poetas cubanos, “Escurriduras de la soledad”. “El lenguaje del ausente” y “Los descosidos labios del silencio”, son otros de sus cuadernos.

Rafael Bordao lee sus poemas. A su izquierda Kary Cerda, Gustavo Adolfo Garcés y Vanessa Droz

La apertura del maratón en la Casa de la Luna contó con las palabras de bienvenida de Mario Marcel y Nucky Walder dando cuenta de la satisfacción por la 19na edición del evento. La guitarra y los versos –precisamente dedicados a la luna– de Rui Berroa pusieron a cantar a los asistentes y allanaron el camino a la poesía.

La lectura de textos por parte de los poetas invitados comenzó con la voz de Rafael Bordao y su poema “El robo de la libertad”:

De noche
Manhattan no pesa nada,
los desamparados la desatan
y se la llevan de fianza a la locura,
en donde la falsean y la desangran
con vengativa impiedad.
Y nadie se despierta en medio del sueño
(ese sueño astuto y apresurado)
para ver el destierro, el desahucio,
el tráfico de órganos corpóreos…

Bordao mostró en sus lecturas no sólo la esencia de su poesía, poesía de exilio, desgarrada y universal, sino también lo cubano de su arte, como en los versos de “Las heridas del Hudson”, tan cercanos a la tradicional oralidad y humor de su tierra:

Tirado sobre las piedras incomprendidas
que marginan al río Hudson,
sobre esos reproches endurecidos
que han desairados las aguas,
veo pasar un cortejo silencioso y laxo,
turbios despojos de condones
que han perdido la emoción y el encanto
(la magia y el elogio de su estreno),
luego de haber sido despoblados
por los aficionados a la carnalidad…

La primera ronda de lecturas de los poetas invitados concluyó con los textos de Gustavo Garcés, un abogado que trabaja la poesía con la misma agudeza con que se dedica al tema de los derechos humanos, autor de estos versos a “Don José Donoso”:

Vuelvo con frecuencia
a ese pasaje de su libro
en donde se mueven
las hojas de los árboles
no hay allí prisa
casi ni hecho alguno
pero algo me atrae y me obliga
con su leve mandamiento

El XIX Maratón de la Poesía dejó en los cientos de espectadores que acudieron a sus jornadas, en los que leyeron sus versos –entre los poetas invitados y los que participaron espontáneamente desde el público asistente-, en los que lo organizan año tras año y en los que seguimos uno de los eventos más importantes de la cultura hispana en Washington, la renovada afirmación que poesía “es asumir la pena de todo lo existente, es hablar por los otros…” como escribiera Celaya, y también que es algo que “se asombra y nos asombra”, como dijera Octavio Paz de la poesía de Emilio Westphalen.

Los amigos de la cultura hispana, del teatro y de la poesía no deben dejar de visitar, si no pueden acudir a los eventos programados por la institución, el sitio web de Teatro de la Luna en http://teatrodelaluna.org. Mientras esperamos el próximo maratón poético, los dejamos con las palabras de Bordao acerca de la poesía y las líricas cuerdas de Rei Berroa siriviendo, como siempre, de fondo y puente para un futuro cargado de luz:

Para mí la poesía es la ignición que alienta la esperanza, es la hogaza que nutre el espíritu del hombre, para que éste continúe buscando entre las trizas del mundo la salvación del prójimo. Pero también la poesía es un elogio a la libertad que nace del asombro, es la clave secreta que transcribe el poeta en medio de su fervor o enajenamiento; es decir, el trance por donde transpire el misterio. Es una propiedad a través de la cual se empalman los fragmentos del alma quebrantada.

Y concluye:

Poesía es –entre otra cosas- un permiso invisible que sirve para firmar en la línea divisoria entre el numen y la persona, un documento de inocencia. Es un viaje súbito que nos traga a la inversa, permitiéndonos escudriñar los archivos del creador, a cambio de mantener enarbolada la emblemática antorcha. Toda verdadera poesía es una infiltración a la virginidad. Poesía es un elfo que a fuerza de invocarlo logra abrir el pórtico del cielo.

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Entrevista con el Sr. Fulgencio Rubén Batista y Godínez, hijo del General Fulgencio Batista y Zaldívar

Fulgencio Batista y Zaldívar

Por Emilio Ichikawa

Fulgencio Rubén Batista y Godínez nació el 18 de noviembre de 1933 en la Ciudad Militar Columbia, Marianao, La Habana. Casado con Carmen Robaina Llaneza en la Catedral de La Habana en 1956, tiene 4 hijas y tres nietos. Cursó estudios de primaria en el Colegio Baldor de La Habana y en la New York Military Academy. Hizo estudios de Bachillerato en Harvey School, New York y Lawrenceville Academy, en New Jersey, graduándose en Ruston Academy, en La Habana. En 1956 se graduó en Ciencias Económicas por la Universidad de Princeton. Ha vivido en Barcelona y Madrid, y desde hace más de treinta años en Coral Gables. Rubén “Papo” Batista es el hijo mayor del General Fulgencio Batista y Zaldívar, cuyo legado de archivo está empeñado en rescatar y dar a conocer. A pesar del poco tiempo que le deja una vida llena de trabajo y responsabilidades, ha accedido a contestar unas preguntas de gran interés para la comprensión de la historia cubana.

-P: Emilio Ichikawa: Quizás deba comenzar hablando de usted, de su familia. La familia Batista, apellido clave en la historia política cubana del siglo XX.

-R:Rubén Batista: La familia de mi padre es de Banes, al norte del Oriente cubano. Fulgencio Batista y Zaldívar nació en el barrio de Veguitas. Mas pronto se mudó al barrio La Guira, donde creció. A mediados del siglo XIX Banes era casi nada. Ni siquiera una aldea. Pero al final del siglo una familia de origen francés, después muy cubana, que había venido de Haití cuando la sublevación de esclavos, se estableció en la zona iniciando lo que llegaría a ser una comunidad productiva, incluso industrial. Se trata de la familia Dumois. Esta familia se establece ahí y crea unas bananeras con ferrocarril y todo. Después le vendieron esas tierras a la United Fruit Co. Hay un libro que es como una historia de Banes, se titula “A name a family and a town”, del Ingeniero Alfred Dumois,
que cuenta esta historia en detalles. Yo lo busqué para ver si decía algo de Fulgencio Batista y Saldívar, mi padre. Después de muchas búsquedas se logra incluso que el autor me dedique el libro. Dice mi ejemplar: “For Rubén Batista: The history of Banes. A town your father never forgot.” La dedicatoria refleja la atención que mi padre le dedicó a su pueblo, pues hizo muchísimas obras públicas y siempre estuvo al tanto de las necesidades de sus correligionarios. El suegro del autor dirigía el colegio “Los amigos”, fundado por los cuáqueros después de la primera intervención norteamericana, donde estudiaba mi padre por las noches. Trabaja por el día en el campo ayudando a su padre y después de realizar varios trabajos ingresó en los ferrocarriles.

El autor del libro afirma que tanto Batista como Castro crecieron en las antiguas tierras de los Dumois, en Banes y Mayarí. Tierras que, como se dijo, después fueron de la United Fruit Co. En estas tierras también vivió otra importante familia política cubana, los Díaz-Balart. La figura fundadora de esa familia era el abuelo de estos muchachos (los congresistas Lincoln y Mario, José, que es periodista, y Rafael Jr., que es banquero). Fue una persona importante, llegó incluso a ser alcalde de Banes en tiempos de Machado por el Partido Liberal. Era un abogado muy conocido en Banes, con respaldo de mucha gente, por lo que no lo afectó demasiado la caída de Machado. Ellos habían venido de Santiago, pero se establecieron en Banes. Otro libro muy importante sobre Banes es el de Víctor Amat Osorio, “Banes 1513-1958. Estampas de mi tierra y de mi sol” (New Ideas Printing Inc. Miami, 1981) donde aparece una breve pero muy documentada biografía de Batista.

-EI: Reinaldo Arenas y Guillermo Cabrera Infante, caracteres literarios de mucha fuerza, muy politizados ambos, también eran de la zona.

-RB: Interesante.

-EI: ¿Vive algún Dumois en Miami?.

-RB: Sí, pero este autor reside en Texas. Mi padre ingresó en el ejército cuando tenía veinte años (1921), con el propósito de tener tiempo para ampliar sus estudios. A través de exámenes de oposición llega al grado de Sargento Mayor Taquígrafo. Con este grado llega a convertirse en el jefe de los militares que producen la revolución del 4 de septiembre de 1933, a la que se unen otros sectores revolucionarios.

-EI: Ahora bien, antes de empezar en la vida pública, ¿hubo relaciones entre la familia Batista y los Castro?.

-RB: Esporádicas, normales. Te puedo decir que cuando Castro se casa con Mirtha Díaz-Balart mi padre les manda unos regalos, unas lámparas.

-EI: ¿Esa relación podría haber llegado hasta el punto de que el General Fulgencio Batista haya bautizado a Raúl Castro?.

-RB: No, no.

-EI: Pero se ha dicho.

-RB: Sí, sé que se ha dicho. Por ahí aparece a cada rato una foto de Batista con un niño vestido de militar, con unos galoncitos creo que de sargento, y se dice que es Raúl Castro. En primer lugar, yo no sé si es Raúl Castro o no. Aparentemente esa foto fue tomada durante un viaje que hizo mi padre por la zona y donde los niños de los colegios rurales iban a verlo y se retrataban juntos y demás. Lo otro es especulación. El contacto con los Castro fue entonces indirecto. Y después también.

-EI: ¿Algún otro recuerdo de esa hipotética relación?.

-RB: En el año ‘51, me lo contó el mismo Rafael Díaz-Balart, él fue con Castro a ver a Batista a Kuquine. Estuvieron hablando largo rato. Hay un periodista que vive y te puede confirmar esa entrevista. Se llama Llano Montes; quien también me lo contó. Porque da la casualidad que Llano Montes había ido ese día a hacer una entrevista a Batista y coincide con la llegada de Rafael con Fidel. En ese momento parece que Fidel estaba teniendo problemas en la Ortodoxia para la postulación como representante, y Rafael lo lleva, primero para que conociera a mi padre, pero también porque parece que se concibió una posibilidad de que Castro entrara en el partido de Batista. Papá lo dice en su libro “Respuesta…” (Imprenta Manuel León Sánchez, México, 1960), pero lo menciona un poco en forma despectiva. La versión de Rafael es que se entrevistaron en la biblioteca, hablaron primero de literatura e historia, y después un poco de política. Dice que cuando salieron de la entrevista Fidel se expresó de forma muy admirativa sobre Batista; pero Fidel agregó que él no cabía en aquel Partido; veía al partido de Batista muy controlado por personas ya asentadas, tradicionales, y afirmó que ellos debían tener otro camino, ya que Batista daba la impresión de no querer dar un golpe de estado; dejando entrever que, en ese caso, lo habría seguido. Es más, me contó Rafael que Castro observó que en la biblioteca de Batista faltaba un libro: “La técnica del golpe de estado”, de C. Malaparte. Pero todo con mucho respeto.

-EI: Después, cuando Batista da el golpe de estado en 1952, ¿hubo algún contacto específico con Castro?.

-RB: No. En verdad la preocupación de Castro cuando el golpe de estado vino porque se nombró jefe de la policía a Salas Cañizares, a quien el abogado Fidel Castro tenía procesado en la audiencia de La Habana como supuesto autor de la muerte de un estudiante. A Castro se le aconsejó cambiar de domicilio provisionalmente dada la situación familiar que tenía, de matrimonio joven con una criatura muy pequeña. Y se lo llevaron a casa de una hermana. Sin embargo, pasaron los días y Castro no tuvo problemas con Salas Cañizares, y continuó sus actividades dentro del Partido Ortodoxo. Rafael Díaz-Balart cuenta este incidente en sus “Memorias” (Edic. Universal, Miami, 2006); así como el Dr. Eduardo Borrel Navarro en un artículo publicado en México antes de su reciente muerte. Esa mañana del 10 de marzo cuando Rafael y el Dr. Borrel se dirigían a cumplir una misión de Batista, pasaron por el apartamento de Fidel Castro y le comunicaron los hechos. Este exclamó que ya era hora de que quitaran a Prío; pero su actitud cambió cuando supo del nombramiento de Salas Cañizares.

-EI: Respecto a las elecciones de 1944, hay quien alega que Batista se alegró de que perdiera su candidato, Saladrigas, pues así permanecía él como una persona indiscutida dentro de su partido. ¿Ha escuchado Ud. eso?.

-RB: Sí, lo he escuchado, pero no es cierto. Una victoria de Saladrigas, que además era su amigo, le hubiera garantizado una gran influencia. Yo soy testigo de que le preocupó aquella victoria de Grau sobre el candidato de su partido. El tiempo le dio la razón pues durante el gobierno de Grau no se le dieron garantías para regresar a Cuba. Su pesar es uno de los recuerdos más claros que tengo de mi niñez, pues hasta me sacaron de la escuela cuando se supo el resultado de aquellas elecciones. Al llegar a Palacio me lo encontré en una pequeña sala del tercer piso muy preocupado. Sin embargo, acató la voluntad del pueblo, y fue vitoreado por su conducta.

-EI: ¿Le ha sido difícil llevar el apellido Batista?.

-RB: A mi padre lo hicieron casi una personificación del mal. Y el acoso fue internacional. Pero el problema ya no era solamente ser batistiano, sino ser “proclive” a Batista. La “proclividad” como una inclinación que te hace culpable. La familia de Batista, como se puede imaginar, era “proclive” a Batista, de forma que el maleficio alcanzaba a todos sus miembros. La suerte es que ya hay historiadores desprejuiciados en el exilio, y quiera Dios que también dentro de Cuba, que pueden analizar los hechos. Porque lo que ha sucedido en el proceso nuestro es que muchos de los historisdores también fueron actores de ese proceso. Y no digo solo que en contra, también a favor había prejuicios. En la mayoría de los historiadores, por muy objetivos que hayan querido ser, se percibe cierta proclividad”, antibatistiana y batistiana. Esa objetividad ya la empiezo a percibir en el ámbito de la academia americana. Se comienza a estudiar la época de Batista sin prejuicios.

-EI: ¿Recuerda Ud. algo que le haya dicho su padre que indique arrepentimiento, autocrítica?.

-RB: Él hablaba de equivocación respecto a algunos hombres. Pero nunca se arrepintió por el 10 de marzo. Quizás pudo haber un momento interno, pero conmigo no lo conversó nunca. Tampoco aparecen índices de arrepentimiento respecto al del 10 de marzo en alguno de sus escritos o cartas. Y esa se trata, sin duda, de su actuación más cuestionada. Pensó que el país se encaminaba a la anarquía y que debía dar el golpe de estado. Había recibido informes, según cuenta en su libro “Respuesta…”, de que el Presidente Prío preparaba un golpe de fuerza, en caso de que triunfara el Partido Ortodoxo. La aceptación por las “clases vivas” del país y, eventualmente por el movimiento obrero, indica que existían condiciones políticas y sociales que hicieron posible este hecho. Hasta el Consejo de Veteranos de la Independencia acudió a Palacio a los pocos días para felicitarlo.

-EI: ¿Lo del 4 de septiembre nadie se lo reprocha?.

-RB: Quizás en un momento sí. Debes considerar que en el 4 de septiembre cayeron algunas personas, otras fueron relegadas o no vieron satisfechas sus expectativas. Hay crítica también al mismo movimiento revolucionario en sí, algunas divisiones políticas con Grau y Guiteras, etc. Pero esas contradicciones son explicables, porque el 4 de septiembre se produce contra un Presidente de gran prestigio, hijo del padre de la patria, Céspedes, pero que los sectores revolucionarios miraban críticamente; primero, como una continuación de Machado, pues había sucedido amparado en aquella constitución; luego, era percibido como alguien que se cubría con los norteamericanos, en la superviviente Enmienda Platt. El del 4 de septiembre fue un movimiento claramente nacional y revolucionario.

-EI: Ahora bien, respecto al golpe del 10 de marzo de 1952 contra el gobierno de Prío, además de su padre, ¿había otros militares inconformes con la situación política del momento?

-RB: Sí, muchos. Había posiblemente más de dos movimientos. Según algunas personas con las que yo he hablado y que conocían el proceso desde dentro, había tres. Uno que se inició en la Escuela Superior de Guerra por un grupo de oficiales que estaba en contacto con el profesor Rafael García Bárcena. Cuando se crea la Escuela Superior de Guerra en tiempos de Grau, se invita a una serie de profesores a colaborar. Se convoca a Herminio Portell Vilá, a Roberto Agramonte, a Rafael García Bárcena y otros. Según me han contado, hubo un momento inicial tras las elecciones del `48, donde gana Carlos Prío, en que ya hubo cierto movimiento subversivo a favor de Chivás; que había quedado en tercer lugar en los votos, muy por detrás del Dr. Ricardo Núñez Portuondo. Este mismo grupo intervino en la facilitación de la destitución del jefe del ejército General Pérez Gámera. Ese grupo, donde tengo entendido que estaba el Coronel Barquín, y otros que llamaban “el trust del cerebro” por enrolar a una serie de profesores de la Escuela Superior de Guerra, llegó a ser bastante fuerte. De ahí se desprende otro grupo que lo liderea el entonces capitán Jorge García Tuñón. Este era también un militar de preparación, que inclusive venía de una familia castrense anterior al 4 de septiembre. Es decir, que venía del viejo ejército, de una tradición. Luego también se une al grupo que quería a Batista como líder. Y había otra disidencia más, que era independiente a Batista en sus orígenes, aunque después se vincularon, ya que buscaban un líder civil; los instigadores de este movimiento eran Colacho Pérez, un civil pero de origen “revolucionario”, miembro del ABC (al que Batista perteneció siendo joven) y que por los contactos que tenía pudo hacer una serie de relaciones significativas en el ejército, y otra figura importante, que es el Coronel retirado de la marina José Rodríguez Calderón. Para mí estas llegaron a ser las figuras más importantes en el golpe de estado. Además de Salas Cañizares (quien llegaría a ser jefe de la policía) que controlaba las perseguidoras y la motorizada. Hay otra serie de personajes a destacar, muchos de ellos retirados, como el Capitán retirado Díaz Tamayo, que también era de la Escuela Superior de Guerra, y el General retirado Francisco Tabernilla Dolz, que era un hombre que tenía mucho prestigio, un oficial graduado de la primera escuela de cadetes del ejército en el año 1917 o `18. Tabernilla era un hombre que tenía mucha simpatía sobre todo en la Cabaña, es decir, en el regimiento de artillería, que junto a Columbia (donde estaban los tanques y la infantería) era la otra plaza militar fuerte de La Habana. Dentro de Columbia hubo también militares simpatizantes; entre los cuales estaban los capitanes Robaina, Rojas, Sogo y otros.

Sobre la historia del 10 de marzo hay cartas cruzadas importantes, ya en el exilio, entre papá y el coronel Cruz Vidal, que hemos donado a la Universidad de Miami, aunque yo tengo copia. Ramón Cruz Vidal era un soldado del 4 de septiembre, que aparece en todos los libros como uno de los principales de ese movimiento. Batista hace un prólogo a un libro de este señor donde señala que en las vísperas del golpe de estado había una crisis; y que sin crisis institucional no hubiera existido un 10 de marzo. Había descontento, y muchos apoyaron a Batista no por batistianos sino por descontentos.

-EI: Háblenos un poco de Tabernilla como figura histórica; de la relación con su padre.

-RB: Tabernilla fue importante en la historia de Cuba, sin duda. Como te dije, cuando el 4 de septiembre él era teniente en la Cabaña; pero era un oficial muy popular. Su otro apellido, Dolz, lo emparentaba con un famoso periodista; se le consideraba de origen más bien burgués. Es de los oficiales que se unen al 4 de septiembre, que fueron más de 100 en un ejército con unos 700 oficiales; yo creo que demasiados para una tropa que no llegaba a 10 mil hombres entonces. Un grupo se queda, pero otros no se quedaron con Batista. Tabernilla sí; después llega a capitán, de momento tampoco fue el jefe de la Cabaña, que estaba en manos del sargento Tarrau. Pero pasan unos meses, a Tarrau lo traspasan a otro mando y entonces hacen a Tabernilla jefe de la Cabaña, ya como Comandante. Tabernilla, en honor a la verdad, se hace muy popular entre la tropa. Él protegía a sus artilleros, los defendía en sus problemas. Tabernilla estuvo 10 años de jefe de la Cabaña, del 1934 al 1944. Era un hombre mayor en edad respecto a los otros; el de más edad de todos ellos junto a Querejeta, que también llegó a General con Grau. En el año `41 viene una crisis en el ejército, después que Batista es electo presidente y deja a Pedraza como jefe del ejército. Al ponerse en vigor la Constitución del `40, una serie de instituciones que habían regentado la Marina y el Ejército pasaron al poder civil. Entre ellas las Escuelas Cívico- militares, que estaban bajo el control del departamento de Cultura del Ejército, y esas instituciones pasaron unas al Ministerio de Educación, otras a Hacienda, etc. Lo que dejó un disgusto, un mal de fondo entre la jerarquía militar porque veían que las Fuerzas Armadas iban perdiendo poder. Y el coronel Pedraza recoge ese malestar. Él, que era todo un caudillo en el ejército (además de Batista era el único caudillo real que tenía el ejército), un hombre con fama de ser muy valiente, un hombre que había puesto orden en La Habana cuando lo nombraron supervisor de la ciudad durante la huelga de marzo de 1935, un hombre muy recto, muy buen militar, muy valiente, que tenía indudablemente simpatía entre la tropa. Por cierto, yo estoy emparentado con los Pedraza por dos lados; en aquel momento un tío mío que era militar estaba casado con la hermana de Pedraza. Más tarde un hermano mío se casó con su hija.

Todo esto agravó un conflicto que hubo entre mi padre y Pedraza. El caso es que Batista tuvo que retirar a los jefes de la marina, el ejército y la policía. Hubo una cierta insubordinación, cuyo castigo fue retirarlos a los EE.UU. y que a los pocos meses regresaran. Mucho más tarde, a finales de 1958, Pedraza reingresa en el Ejército; después que los rebeldes mataran a su hijo en Santa Clara. Pero ya era muy tarde para que su presencia cambiara los acontecimientos.

-EI: ¿Y cómo actuó Tabernilla en esa situación?.

-RB: En esa situación Tabernilla, que controlaba la Cabaña, que miraba directamente a Palacio, fue el primero que llamó a Batista y le dijo que estaba con él, fue un hombre clave en ese momento. Llega entonces el 1944, gana Grau, Tabernilla aún es el jefe de la Cabaña y Grau lo retira del ejército.

Él viene para Miami, y después se conecta con Batista cuando este viene a Daytona en el exilio de turno. Hay una foto de cuando mi padre toma el avión para regresar a Cuba, en noviembre de 1948, ya electo Senador; ahí está Tabernilla despidiéndolo en su viaje de vuelta a La Habana tras 4 años. Después siguen conectados y cuando se produce el 10 de marzo de 1952, Tabernilla es uno de los principales pues entra en la Cabaña con un carro o dos carros y toma el mando. Tenía entonces el mando de La Cabaña el general Velázquez, que también era un sargento del 4 de septiembre. Por eso el traspaso fue muy tranquilo. Por cierto el hijo de Velázquez, que era teniente, se queda en el ejército y lo fusiló Fidel Castro después.

-EI: ¿Hasta dónde llega Tabernilla con su padre?.

–RB: Hasta ser nombrado Jefe del Estado Mayor del Ejército. Era lógico. Fue leal, tenía mucho prestigio. Si había un general de carrera era ese, “el viejo Pancho”, como le decían con mucha simpatía. Quizás era un hombre ya mayor para el cargo. Los hijos también tomaron posiciones importantes, y se percibía como mucho poder militar concentrado en una familia. Hay quienes dicen que eso perjudicó al ejército, pero no sé. Yo creo que ellos fueron leales hasta el último mes de 1958; cuando al ver que aquello estaba perdido, buscaron una solución al margen del Presidente Batista.

-EI: ¿Se refiere al famoso incidente del 13 de diciembre?.

-RB: Bueno no. El 13 de diciembre es cuando el embajador americano se reúne, creo que en Kuquine, acompañado del Ministro de Estado y le dice a Batista que el gobierno americano no va a reconocer el gobierno de Rivero Agüero, que había sido electo en aquellas elecciones de noviembre de 1958. Fue entonces que Batista cita a los jefes y les cuenta lo que estaba pasando. Con toda honestidad. Faltaban unos 50 días para que Rivero Agüero tomara el poder, y él había prometido convocar a una Constituyente meses después de asumir. Yo creo que desde ese momento la alta jerarquía del ejército vio que no había solución, y algunos de ellos empezaron a buscar una salida. Tengo entendido que el general Tabernilla, el día 26 de diciembre, pide una entrevista al embajador americano.

-EI: ¿Y la concedió?.

-RB: Escucha lo que dijo el propio embajador: “De modo que se hicieron los arreglos para la entrevista (con Tabernilla). Llegaron en sus carros oficiales. El general Tabernilla me dijo que deseaba hablar conmigo a solas. Y su hijo y el otro general se fueron para una habitación contigua. El general Tabernilla me dijo que los soldados cubanos no peleaban más, y que el gobierno en sí no podía durar. Manifestó que el propósito de su visita era el de salvar a Cuba del caos. De Castro y del comunismo. Dijo que quería formar una junta militar, compuesta por él, creo además que por el general Cantillo, el general Sosa de Quesada, el coronel Casares y un oficial de la marina. Dijo que le daría salvoconducto a Batista para que saliera del país y quería saber si yo apoyaría a esa junta. Le dije que informaría al Departamento de Estado de la conversación, pero que estaba seguro que no me darían una respuesta directa para él. Lo que estimaba correcto porque, agregué, `si le contestamos a Ud. directamente equivaldría a desconocer al general Batista, y yo estoy acreditado ante él`. El general Tabernilla me preguntó qué le podía yo sugerir. Le dije: ¿Ud. le ha mencionado esta visita a Batista?` Y él me dijo: ‘No, no lo he hecho. No le he dicho que venía a verlo, pero he discutido en general nuestras posibilidades futuras con Batista’. Y le pregunté qué habría dicho Batista. Tabernilla respondió: `Él me dijo que le presentara un plan`. Yo le dije a Tabernilla que debía regresar y discutir con Batista, y que cualquier sugerencia que viniera de Batista sería relatada por mí al Departamento de Estado…” Eso manifestó el embajador norteamericano y consta en el libro “El cuarto piso” (Smith, Earl E. T. “El cuarto piso”. Editorial Diana, SA. 1963).

-EI: Entonces Tabernilla es una personalidad histórica de muchos matices.

-RB: Tal vez él pensó en una solución a la crisis; pero al intentarla, no hizo más que complicar las cosas. Pero además, Batista se entera de la entrevista. Recuerda que había entre ellos una amistad, que se trataban con apodos cariñosos; a Tabernilla se le podía ver casi a diario en casa. Bueno, cuando Batista se entera se reúne con Tabernilla y le dice: “Pancho, ¿es cierto que tú has ido a ver al Embajador americano?.” Tabernilla lo reconoció, pero le dijo a Batista que lo había hecho por su bien. A lo que Batista replicó: “?Tú no te has dado cuenta Pancho que me acabas de dar un golpe de estado?.” Esto lo relata mi padre en su libro “Respuesta…”.

-EI: Y entonces Batista hizo lo más lógico: destituyó a Tabernilla.

-RB: Pues no. No lo destituyó. ¿Sabes por qué?. Bueno, primero te cuento algo. El mismo día 25 yo voy a Palacio y me encuentro a Batista hablando con dos señores; eran Jorge Barroso (Ministro sin cartera, pero el contacto del gobierno con los azucareros) y Gastón Godoy (Vicepresidente de la Cámara, una personalidad entre los abogados). Cuando ellos terminan de hablar, yo me acerco a saludar a mi padre. Le pregunto qué hablaban y me dice que esos señores le acababan de informar que la Asociación de Hacendados iba a
reunirse para pedirle la renuncia. Eso el día 25 de diciembre de1958, antes de la entrevista. El día de navidad. Y se queda pensando y me dice que debería destituir a todos los Tabernilla; y entonces agregó: “Pero ya es tarde”. Yo me digo que si él destituía a los Tabernilla, que eran en apariencia sus hombres más leales, pues ahí mismo colapsaba el régimen.

-EI: Bueno, eso significa que ya alrededor del 25 de diciembre Batista debe saber que tiene que salir del país.

-RB: Pero yo creo que él no decidió salir ese día. Yo creo que él trató hasta el último momento de mantener aquello. Basaba sus esperanzas en la batalla en Santa Clara, que se pierde casi el mismo día de su salida.

-EI: Hablábamos del día 25 de diciembre, le quedan entonces unos seis días…

-RB: Ten en cuenta una cosa. El 26 es la citada visita de Tabernilla al Embajador americano; poco tiempo, poco tiempo… Los hechos se van acumulando. Las mismas fuerzas conservadoras, por llamarlas así, ya se viraban. Los únicos que se mantuvieron leales hasta el final fueron los obreros. El movimiento obrero. Los líderes obreros en ningún momento titubearon. Es un enredo esta historia. Las clases conservadoras se le viraron a Batista, se le pusieron en contra. Ya lo habían dicho varias asociaciones cívicas y profesionales. Después, cuando alguna gente me preguntaba en el exilio, aquí en Miami: “Bueno, y por qué se fue Batista”, yo les respondía: “Pues porque ustedes lo pidieron.”

-EI: ¿Quién en particular pidió eso?.

-RB: Pues ya te dije que los hacendados y otras organizaciones. Esos mismos señores lo pidieron. Algunos de los cuales después me lo preguntaban. Ellos lo pidieron. Se reunieron los hacendados, los mismos que habían ido a palacio a vitorearlo, le pidieron la renuncia. Pero bueno, así es la vida, así es la política. Pero mira, la cosa en verdad empieza desde que el gobierno americano en marzo del `58 le hace el bloqueo de las armas a Batista. De ahí el ejército, no los cabos, no los sargentos, no los soldados que eran leales, sino algunos oficiales pensantes dijeron, bueno, si dicen que la URSS está apoyando a Castro, porque eso se decía, y los mismos americanos no envían armas a Batista, entonces todo está decidido. Algunos oficiales lo vieron así.

-EI: ¿Qué lógica le ve Ud. a la decisión americana? Es decir, bloquear las armas a Batista era apoyar indirectamente a Castro.

-RB: Yo tengo un libro por ahí de los años `40, “Con el rifle al hombro”, del Coronel Ferrer, que tuvo mucho que ver con el derrocamiento de Machado. Él dice en ese libro, a partir de un alzamiento en Oriente, que mandan a liquidar… Él decía que la guerrilla que no se fulmina sobrevive, crece. Pues eso fue lo que pasó con Castro, además de una campaña propagandística muy bien orquestada. Hay una teoría interesante. La primera vez que yo leí esto fue en un panfleto que publicó Gastón Baquero en Madrid, posiblemente en el mismo año `60, donde él dice que bajo el gobierno de Batista se empezaron a lastimar intereses americanos. Pero además de Baquero lo señala un economista boliviano que trabajaba en el Banco Nacional llamado Julio Alvarado; lo señala en su libro “La aventura cubana.” (Artes Gráficas Edic. SA. Madrid, 1977). Por ejemplo, el túnel de La Habana lo iba a tener firmas americanas, y se les dio a los franceses. Y se les dio porque era la mejor opción, porque parte del pago se produjo en azúcar, que estaba almacenada, porque la zafra producía mucho e incluso había que aguantarla para que no bajara el precio. Había almacenada mucha azúcar, y se financió parte del túnel con eso. Por otra parte, cuando se fue a renovar los ferrocarriles, que estaban nacionalizados; cuando fueron a comprar las locomotoras, en lugar de comprárselas a la General Motors, se las compraron a los alemanes. Yo tuve la suerte de ir a Alemania en una misión relacionada con eso, fui con Martínez Sáenz (ex ABC), Presidente del Banco Nacional. Un tercer caso fue la decisión de construir un molino de harina en Santiago de Cuba que le quitaba el monopolio al de La Habana, que era de ellos. Otro estudioso también me explicó que todo el papel de la prensa cubana se compraba a Estados Unidos y se les quitó ese monopolio del papel a los norteamericanos cuando Cuba empezó a poner varias papeleras que usaban bagazo de caña como materia prima. Yo no lo he comprobado, pero me dijo que accionistas de “The New York Times” eran a la vez socios de esas papeleras. Por otra parte, se iba a una
revisión de las tarifas proteccionistas que perjudicaría a los Estados Unidos; además de que se hicieron planes para producir materias que hasta el momento eran compradas básicamente a los Estados Unidos, como el cemento y el arroz. Yo no digo que esto determinó, pero digo que pesa. Si tú lees la correspondencia de los embajadores americanos, yo tengo varias compilaciones, tú no ves ahí nada contra el gobierno de Batista. Hasta fines del `57 y el `58, que se empieza a notar el distanciamiento. Quizás ellos pensaron trabajar con otro tipo de oposición, pero se les fue de las manos. Batista sin duda era aliado y amigo de los Estados Unidos, pero tenía su propia agenda nacionalista como legado de la propia revolución del 4 de septiembre de 1933. Todos los gobiernos cubanos durante esa época fueron nacionalistas; un ejemplo: de 1939 a 1958 los ingenios azucareros en manos cubanas habían subido de 56 a 121 (del 22% al 62.13%).

-EI: Herbert Mathews, además de autor de célebres artículos sobre Castro, fue un entusiasta de su causa, ¿le dijo Batista algo del rol que este periodista jugó en esa parte de la historia cubana?.

-RB: Mira, te cuento algo. Una vez un agente de inteligencia de Estados Unidos que hacía una investigación sobre Mathews me pidió, cuando yo vivía en Madrid, que lo llevara ante mi padre en Lisboa, Portugal, pues tenía que hacerle una pregunta importante. La pregunta trataba de precisar si, como se decía, Mathews le había pedido dinero. Y mi padre dijo que no, que en ningún momento. Ahí hubo otras cosas. Pero de esa naturaleza no. El embajador Gardner fue muy amigo de mi padre. Él le pidió a Batista que atendiera a Mathews y se le atendió bien. Y después él hizo lo que estimó pertinente.

-EI: Bueno, de aquella noche del 31 de diciembre de 1958 que tanto gusta al cine y a la mitología política cubana. Recuerdo aquel día que le pregunté si se había producido una fuga y su esposa me retó: “¿Cómo una fuga si salimos tranquilamente delante de todo el mundo?.”

-RB: Claro, fue una salida tranquila. Nada de fuga. Incluso se firmó, y hasta se publicó, creo que en la revista “Carteles” el 4 de enero de 1959, un acta de renuncia que suscribió mi padre aquella noche. Nuestra última noche en Cuba. Existe ese dato relacionado con la salida de Cuba y existe también el relato, hecho por mi propio padre, de su posterior salida de República Dominicana donde estuvo unos meses. Otra historia muy intensa.

-EI: Pero volvamos a esa famosa fiesta… ¿cómo Ud. la recuerda?. Ud. era joven, también su esposa, ¿presentían algo?.

-RB: El asunto es que no hubo tal fiesta. Al menos no la fiesta lujosa que han inventado. Que nos íbamos a ir esa noche no lo sabía yo, pero que había una crisis sí. Era evidente. Mi padre sí me dijo que estuviera en contacto, que no me perdiera. Yo recuerdo que ese día tuve algunas reuniones. Una en la CENCAM, organismo para-estatal que yo había presidido, situado en la ladera de la fortaleza de Atarés, con jóvenes políticos y simpatizantes; recuerdo que me acompañaba Raulito, Raúl García Cantero, el padre del hoy magistrado de La Florida, que se casaría con una hermana mía. Después fuimos a Columbia, al club de oficiales, y después a casa de mi madre Elisa y Máximo Rodríguez, su nuevo esposo, donde también estaba mi hermana Mirtha con su esposo el Dr. Elmo Pons-Domenech, mi hermana Elisita con su novio Raúl García Cantero. Entonces, después de esperar el año con mi madre, me llama de Columbia (donde por cierto había
nacido yo) el padre de Carmita, mi esposa, el general Robaina, para que fuera para allá. De casa de mamá fuimos a casa de Robaina: Raulito manejando, Elisita mi hermana, Carmita y yo, y mi hija María Aleida, que tenía un año, en payama. Fuimos derecho para casa de Robaina. En otra máquina fueron mamá (Máximo se quedó), Mirtha, mi tía Pastorita y el Dr. Elmo Pons-Domenech manejando. Entramos al campamento militar por el obelisco a Finlay, que originalmente fue erigido al 4 de septiembre. Pero no cambió el nombre Castro
sino Grau, y ya después se quedó así. Batista no lo cambió más. Pues por esa puerta entramos a Columbia. Yo iba bien preocupado, pensé que el campamento podría estar alzado, íbamos sin escolta. Llegamos a casa de Robaina y allí estaban celebrando: Luisito mi cuñado, con la novia de entonces, celebrando sencillamente con otros familiares. Pues allí dejo a mi gente y solo, caminando, fui a la residencia principal que estaba al lado. Nada de grandes vestidos, mi hermana Mirtha andaba en pantalones, mi hija en pijama, mi esposa en un vestido normal; nada de ropas fastuosas, como se ha dicho. Fui al lado, la reunión era en el segundo piso, subo y había algunos militares, algunos políticos y algunos miembros de la familia… Y mi padre, claro está. Aquello no parecía una fiesta, sino todo lo contrario.

-EI: ¿Puede citar algunos de los políticos presentes?.

-RB: Bueno, algunos de los que recuerdo: estaba Anselmo Aliegro, que era el Presidente del Senado, estaba Justo Luis del Pozo, Alcalde de La Habana; Santiago Rey, que era el Ministro de Gobernación; Andrés Rivero Agüero, que era el Presidente electo; estaba Gastón Godoy, que era el Vicepresidente electo; estaba allí Oscar Figuerola, Presidente de la Cruz Roja; estaba el Dr. Lama, Director de Mazorra, que se había casado con mi prima hermana, una sobrina de mi padre; también Manolo Vieites, casado con una prima hermana de mi padre; Ramona… que yo recuerde, ellos estaban; yo no recuerdo a nadie más. Había otras gentes del ejército, pero nada que tenga que ver con la película “El padrino”. Y toda esa gente estaba ahí sentada, tranquilamente. Entre los militares recuerdo a Rojas, Pedraza, Robaina, Tabernilla, el padre y el hijo, Silito, muy cercano a mi padre hasta el último momento. También algunos ayudantes. Ah, y estaba también Jorge “Yoyo” García Montes, que había sido Primer Ministro, senador; Gonzalo Güell, Primer Ministro, Andrés Domingo y Morales del Castillo, Ministro de la Presidencia. A mí me llamaron a Columbia después de las 12 de la noche. Ya muy tarde, en un momento, mi padre baja al despacho de Silito Tabernilla. Unos se van, otros bajan. Yo bajé a ver a papá. Santiago Rey y Julio Luis del Pozo se fueron sin esperar cuando mi padre bajó. Hubo otros que bajaron pero no se quisieron ir, como Anselmo Aliegro y Yoyo García Montes. Yo estaba allí. Mi padre les dijo: “Vengan conmigo”, y García Montes y Aliegro le dijeron que no, que no era necesario. Después ellos se asilaron. Políticos y funcionarios que se fueron con mi padre, que yo recuerde: Andrés Rivero Agüero, Gastón Godoy y Oscar Figuerola; Gonzalo Güell y Andrés Domingo Morales. Yo lo recuerdo. Eso en el avión de mi padre, porque salieron tres aviones. A la reunión llega el General Eulogio Cantillo, que había tomado el mando de Columbia y relata la situación militar. Lo mismo hacen otros jefes. Se podía haber resistido allí, en Columbia, pero no se podía vencer, ya las fuerzas armadas estaban derrotadas en el sentido del país entero. Batista dice que se marcha para
evitar más derramamiento de sangre. Entonces me dicen que busque la familia en casa de Robaina y fuera al aeropuerto militar. Todo fue muy calmado, hubo incluso quien no se fue. Pasaba algo surrealista, estábamos en la escalerilla del avión y había soldados que todavía gritaban “!Viva Batista!”. Había tres aviones, nosotros subimos creo que al segundo, donde también se fueron los Tabernilla, y fuimos los primeros en irnos. Yo estaba ya en el avión y veo que mi padre está abajo, entonces bajé del avión para darle un abrazo, y mi esposa Carmita se disgustó pues pensó que corría peligro. Después nos marchamos.

-EI: Pero, ¿esos aviones ya estaban preparados?.

-RB: El jefe de la aviación los tenía preparados, pero desconozco más detalles.

-EI: ¿Quién preparó la referida renuncia formal?.

-RB: Quizás fue Andrés Domingo, Secretario de la Presidencia. Yo no sé los pormenores. La presidencia le correspondía a Guás Inclán por ser Vice-presidente, pero estaba de cacería. El que estaba ahí en sucesión era el Presidente del Senado, Aliegro, que fue presidente del país solo un minuto (un récord), ya que inmediatamente renuncia a favor del magistrado más antiguo. Y se queda Cantillo a cargo de Columbia y el ejército. Yo recuerdo a mi padre aún en la escalerilla aconsejando a Cantillo. Si no es por Cantillo de allí hubiera sido muy difícil salir. Él había regresado de Oriente, y llegando se reúne con Batista esa misma noche sobre las 10:00. Mi padre le dice que iba a renunciar para evitar derramamiento de sangre y que él tomara el mando de Columbia. A esas altas horas se transfiere el mando a Cantillo. Cantillo llama a algunas figuras para que lo ayudaran, y fueron a buscar al Magistrado Piedra a la casa, el magistrado más antiguo, y le dicen que él era el presidente. Esa fue si se quiere una misión constitucional de Cantillo, que acabó siendo sacado por Barquín y no por Camilo Cienfuegos como cree la gente. Cantillo y Barquín habían sido compañeros de curso.

-EI: ¿Puede dar un breve perfil de Cantillo?.

-RB: Había estudiado mucho. Tenía mucho prestigio. Era el número uno en su curso, y Barquín el segundo. Estuvo preso muchos años y murió en el exilio. No tenían de qué acusarlo. Jefe militar de toda una región y no tenían nada contra él. Era una persona muy decente. Cantillo entró en el ejército después del `33. Pero él no era septembrista. Había militares viejos en su familia. Un hombre muy capaz. Él tenía varios hermanos, pero Carlos era su hermano militar. Cuando mi padre deja la presidencia en el `44, Cantillo debía haber sido teniente o capitán. Cuando el 10 de marzo era Coronel. Jefe de la Fuerza Aérea de Prío. Fidel Castro lo condena por el 10 de marzo pero él no tuvo que ver con el 10 de marzo. Después se unió, pero no estaba en la conspiración inicial. Cuando mi padre le pide que se quede como Ayudante General del Ejército, le dice: “Mire General Batista, anoche mismo yo estaba jugando dominó con el General Cabrera, Jefe del Ejército, y es indigno que yo acepte esto ahora sin avisarle. ¿Usted cree que le podemos comunicar?.” Cabrera estaba retenido en casa de Doña Emelina, la madre de Martha, la suegra de Batista. Allí llega Cantillo y le comunica a Cabrera lo que le había pedido Batista. Y estuvo de acuerdo. Esto me lo contó el Coronel Martínez Suárez, que fue con Cantillo a ver a Cabrera. El mismo coronel José J. Martínez Suárez, que había sido enviado por Cantillo a contar a Batista la orden de entrevistarse con Castro que le había dado Tabernilla, me envió una carta fechada en junio 29 de 1995, donde relata hechos que se relacionan con lo que hemos conversado. Era su voluntad que esa carta se diera a conocer, por lo que puede formar parte de esta entrevista, parcial o totalmente. (*)

-EI: Bueno, respecto a Ud., ¿qué siente hoy en relación con Cuba?.

-RB: No te niego que durante un tiempo quise manejar ese sentimiento. Mi familia había caído en desgracia y éramos azotados por una propaganda internacional en parte para justificar las arbitrariedades de los que habían ganado. Pero desde hace unos años he recuperado mi interés por la historia, el amor por Cuba que siempre estuvo ahí. Tengo proyectos de rescate de su historia, hemos donado muchos documentos a la Universidad de Miami. Estamos activos en esto mi hermano Roberto y yo, un grupo de familiares y amigos. Hay algunos estudios sobre el papel de nuestro padre en marcha en universidades, todo eso nos da aliento. Toda esta suerte ha implicado un dolor, pero todos nosotros nos hemos superado mucho. Cuando salí de Cuba estuve en los Estados Unidos un par de semanas, pero después me fui para España. Allá me fue mucho mejor de lo que me hubiera ido aquí en aquella época. Estuve aquí en New Orleans y New York. Recuerdo que yo llamé a mi padre a Santo Domingo y le dije que quería irme de aquí, que esto era insoportable.

-EI: ¿La gente le era hostil?.

-RB: Un ambiente horrible; por parte de los americanos y mucha otra gente. Tuve una serie de incidentes y le dije que si podía me iba para Dominicana. Y él me dijo que no, que era mejor que no.

-EI: ¿Pasaba algo con Trujillo?.

-RB: Esa es otra historia, otro sábado.

-EI: Una de las cosas que se ha dicho es que Trujillo era el gran aliado de Batista. Y que Batista voló a Santo Domingo y no a los Estados Unidos porque lo iban a proteger allá.

-RB: Todo lo contrario. Igual que esa llamada conspiración batistiano-trujillista que nunca existió. Trujillo quería invadir a Cuba en el `59, y fue Batista quien dijo que eso no era razonable ya que Castro estaba en un momento de mucha popularidad; además, mi padre pensaba que en Cuba se alzarían hasta las piedras para combatir a Trujillo en caso de una invasión. Esto no quiere decir que no hubieran ex militares valientes involucrados en esta aventura.

-EI: ¿Y Miami?.

-RB: Pensé que no tenía futuro en España, por eso en el `62 vine a Miami. Yo tenía que ver como me orientaba en Miami; era difícil. Varias gentes le escribieron a mi padre diciéndole que debía impedirme venir a Miami. Me lo decían algunos amigos también. Como te decía era el 1962. Ya había pasado Playa Girón, y la cosa estaba más calmada. Pero todavía esto estaba lleno de enemigos y mucha gente nuestra aún estaba resentida por lo sucedido. Yo vine, y decidí desde el primer día irme a la calle para que me vieran, para que se acostumbraran a verme. Yo no tuve aquí un problema con nadie; ni con amigos ni con enemigos. Había una situación económica muy mala, difícil en política, pero yo no tuve problemas con la gente. Yo traté de ser lo más natural posible. Ayudé en lo que pude. A mí me dolía ese odio contra mi familia, pero seguí adelante.

-EI: Si Ud. tuviera que definir la posición política de Batista, en general, ¿cómo lo haría?.

-RB: Un día yo le pregunté eso mismo a mi padre. El se consideraba un hombre de centro; con mucha sensibilidad por los más necesitados, por las clases menos favorecidas. Incluso, después de la Guerra Civil Española llegaron muchos refugiados republicanos que fueron bien recibidos; así como miles de otros países europeos.

En cuanto a la pregunta podría decirte que políticamente mi padre fue de centro; es decir, creía que era necesario apoyar a la clase obrera pero que al mismo tiempo había que dar las garantías al capital para que invirtiera en el progreso. Yo creo que en la primera época podría considerarse hasta de centro izquierda; el problema es que en Cuba en esa época, casi todo el mundo era de centro-izquierda. En los años `30 se competía por lucir bien “progresista”. Hasta el Partido Conservador se cambió el nombre. El conservador cubano era de centro. En Cuba, ¿cuál era en verdad la clase conservadora? Ciertas familias muy ricas, parte del clero, el “Diario de la marina” en la prensa… pero si el “Diario de la marina” era de derecha era una derecha de tipo muy flexible porque en él escribía muchísima gente, gente muy diversa. Mañach escribía ahí y era de centro-izquierda. Baquero también y era de centro-derecha. Y era el mulato, fíjese Ud. El conferencista
graduado de Harvard tiraba a la izquierda. El poeta mulato a la derecha. Así era Cuba.

-EI: En el plano personal, ¿tuvo relaciones Batista con algún comunista?.

-RB: Con Batista fueron Ministros sin cartera dos comunistas: Juan Marinello, que después renunció para aspirar a otra posición y fue sustituido por Carlos Rafael Rodríguez, el segundo de sus Ministros comunistas. Y eso fue en el `43, cuando el gobierno de unidad nacional. Se hizo una política de frente unido, en la que participaron todos menos los auténticos; aunque fueron invitados. Y aún así varias personalidades del autenticismo participaron en el gobierno, como Carlos Hevia y Rubén de León.

-EI: ¿Otras fuerzas importantes de aquella coalisión?.

-RB: En la coalición entró también el ABC, que era un partido de oposición. Entró con Martínez Sáenz, que había sido muy enemigo de mi padre, incluso de retarlo a duelo. Martínez Sáenz entra de Ministro de Agricultura. Más adelante (1952-1958), como Presidente del Banco Nacional, Martínez Sáenz llevó la política económica de Batista, fue el gran impulsor del desarrollo económico. Una personalidad muy destacada Martínez Sáenz. Estuvo preso y murió aquí. Un hombre muy nacionalista; como era la doctrina “abecedaria”. Incluso, yo creo que él pensaba que estaba implementando la doctrina del ABC dentro del gobierno de Batista.

-EI: ¿El pacto con los comunistas fue un ardid político o ambas fuerzas tenían puntos de vista conciliables?.

-RB: Cuando formaron parte del gabinete de Batista, en plena II Guerra Mundial, los Estados Unidos eran aliados de Moscú; en aquella época los comunistas la verdad que no dieron ningún problema. Anteriormente habían apoyado a Batista para la presidencia en 1940, como también lo hizo el Partido Demócrata Republicano (conservador), el Partido Liberal y otros (un total de siete partidos). Cosas de la Cuba de entonces: los comunistas y los conservadores formaban parte de la misma coalisión política. En las elecciones de 1944 el Partido Socialista Popular apoyó a Carlos Saladrigas, que era el candidato del gobierno de Batista. Después, durante la guerra fría, nade quería pactar con ellos en las elecciones presidenciales, aunque sí pactaron con distintos partidos en las elecciones municipales. Mi padre tuvo un secretario que se llamaba Raúl Acosta Rubio que escribió dos o tres libros sobre Batista y su época. Después también una serie de artículos y entrevistas en una revista que había aquí que se llamaba “Alerta”. Son interesantes algunas cosas que dice respecto al 10 de marzo, cuando él sí estaba muy unido a Batista. Recuerdo que a raíz del 10 de marzo a Batista le da como una varicela. Y tuvo que aislarse. Pues Acosta Rubio, que estuvo a su lado, cuenta que él mismo recibe un recado del PSP donde se asegura que quieren reunirse con Batista. Finalmente se reúnen con el propio Acosta Rubio, al cual Batista le dice que le transmita a los comunistas que se queden tranquilos; pero que no es el instante oportuno para un entendimiento. El no podía, no era prudente políticamente. El embajador cubano en Washington, Aurelio Fernández Concheso, que había sido embajador ante Hitler y Stalin y lo era ahora ante los norteamericanos, ha estado enviando información y manda una carta muy importante donde previene a Batista sobre un entendimiento con los comunistas, a partir de lo que podía captar en un Washington en guerra fría con Moscú. Después rompe relaciones con la URSS un mes después del 10 de marzo de 1952 y más tarde ilegaliza al PSP.

A finales de 1957 el embajador soviético en México se encuentra con nuestro embajador Oscar de la Torre y le dice que deseaba hablar con él a solas. Así lo hacen y el embajador soviético le sugiere al nuestro que la URSS desea mejorar las relaciones con el gobierno de Batista. De la Torre viaja a Cuba a informar a Batista, quien le ordena que finalice esos contactos. Esto se cita en la “Historia del Partido Comunista de  Cuba” (Edic. Universal, Miami, 1970), de Jorge García Montes y Antonio Alonso Ávila.

Tengo la impresión que desde ese instante crece el apoyo a Castro. Batista creía que en plena guerra fría esa posibilidad no era conveniente. Ya él, en la Reunión de Presidentes en Panamá, en 1956, había dicho que un gran peligro acechaba el continente: el marxismo-leninismo. Su advertencia y postura le costaría caro.

Eso hay que estudiarlo bien, porque al final lo que tumba a Batista es precisamente su anticomunismo; específicamente en su segunda etapa (1952-1958).

EI: Por último, ¿qué balance haría del papel político de Fulgencio Batista?.

RB: Hace algún tiempo se me preguntó qué hecho consideraba como más importante en la historia de Batista, mi padre. Contesté que aunque importantes habían sido sus obras públicas, su labor educacional y sanitaria, su impulso a la economía (sobre todo en su segunda etapa) y las leyes sociales que había implementado, lo que más admiraba era como había encaminado el proceso institucional que culminó con la Constituyente de 1940. Hay que advertir que el proceso político cubano desde 1933 hasta 1939 había estado lleno de conflictos, algunos violentos. Batista, en solo seis años como “el hombre tras el trono”, auspicia que regresen todos los exiliados políticos tras una amplia amnistía y se celebran las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1939. En estas participan todos los partidos –desde los conservadores (Partido Demócrata Republicano) hasta los comunistas; los liberales (Partido de los machadistas) y hasta los enemigos de esos liberales, el ABC, el Partido Revolucionario Cubano y muchos más. Para completar, la oposición gana la mayoría y se respetan los resultados. Este es un proceso que no es típico dentro de una situación política en la que predomina la influencia de un supuesto “dictador”.

Esta institucionalidad tiene como colofón la celebración de unas elecciones presidenciales que gana Batista con el apoyo de siete partidos. Gobierna cuatro años sin que existiera un solo exiliado político; sin un preso político y con la participación de todos los sectores de la nación.

Al celebrarse las elecciones de 1944, pierde el candidato del gobierno y gana el mayor enemigo político de Batista. Pero acata el resultado de las urnas y entrega el poder.

Coral Gables, 2006

Emilio Ichikawa (Bauta, La Habana, 1962). Desde 2000 reside en los Estados Unidos. Graduado en Filosofía por la Universidad de La Habana (1980-1985). Entre 1985 y 1996 enseña Historia de la Filosofía en esa misma Universidad. Entre 1996 y 2000 colabora con el Centro Cultural Español y trabaja en la Biblioteca Nacional de Cuba. Hace estudios en España, México y los Estados Unidos, donde visita varias universidades: Iowa, Tulane, Georgetown, SUNY, NYU, Brown, Rutgers, FIU, UM. Entre sus libros se encuentran los títulos “El pensamiento agónico”, “La escritura y el límite”, “La heroicidad revolucionaria” y “Contra el sacrificio”. Actualmente prepara la edición de los títulos “Everglades” y “Diario del Arlequín”. Es colaborador de “El Nuevo Herald” de Miami.

-(*)-Apéndice:

Carta del Sr. José J. Martínez Suárez al Sr. Fulgencio Rubén Batista.

Junio 29, 1995.

Estimado amigo:

Leyendo en estos días algunos libros que cuentan los hechos de la caída del gobierno que presidiera su padre, encuentro que se confunden los acontecimientos y las fechas. Como fui testigo de un hecho de gran trascendencia, he querido darle este testimonio como contribución a la verdad histórica, me refiero a la entrevista, el 28 de Diciembre de 1958, entre el General Eulogio Cantillo y Fidel Castro.

En el mes de Agosto, el General Cantillo recibió una carta del cabecilla rebelde, a través del padre Guzmán, en la que le proponía una entrevista. Esta propuesta fue informada al Estado Mayor y el Presidente Batista.

Se le pidió al General Cantillo que fuera a Varadero, donde se runió con el Presidente, ya que se trataba de la posibilidad de una solución nacional. Aunque el Gral. Batista veía con escepticismo esta gestión, le sugirió al Gral. Cantillo que enviara a otro oficial.

Fue designado el Teniente Coronel Fernando Neugart, el cual tuvo varias conversaciones con Fidel Castro sin resultados positivos, por lo que el Gral. Cantillo suspendió esas gestiones.

Ya en el mes de Diciembre la situación en Oriente había empeorado considerablemente.
Al acudir a La Habana el 22 de ese mes e informar al Gral. Francisco Tabernilla Dolz, Jefe de Estado Mayor Conjunto, de esta realidad, este le preguntó al Gral. Cantillo si él tenía algún contacto para concertar una cita con el Jefe rebelde, recordando este al Padre Guzmán. El Gral. Tabernilla le ordenó que regresara a Santiago de Cuba a la mayor brevedad. El Gral. Cantillo cumplió la orden pensando que tenía la aprobación del Presidente de la República.

El día 25 de Diciembre regresa nuevamente a La Habana el Gral. Cantillo y recibe la orden del Gral. Tabernilla Dolz de entrevistarse con Fidel Castro para que lo tanteara. Mientras tanto el Gral. Cantillo había solicitado una audiencia con el Presidente a través de su Jefe de Despacho, el Gral. “Silito” Tabernilla Palmero. Al no recibir noticias de este general y como la situación en Oriente apremiaba, tuvo que marcharse.

Antes de irse, sin embargo, me dijo que le extrañaba mucho que el Presidente no lo llamara y lo orientara al respecto, preguntándome si yo podía hacer algún contacto para ver al Presidente y le informara de la orden recibida.

(…)

Siguiendo mi relato, el día 27 de Diciembre, se trasladó el Gral. Cantillo para Santiago de Cuba. Siguiendo yo sus instrucciones, decidí visitar al Dr. Antonio Lamas, casado con una sobrina del Presidente, a quien le informé, sin más detalles, de la urgencia que tenía de ver al Gral. Batista, fuera de los conductos reglamentarios. Fue entonces que hicimos contacto con usted para que gestionara esta cita. Usted se comunicó con su padre el cual le dijo que nos recibiría esa noche. Yo le insistí en que no podíamos esperar tanto por la urgencia del caso. Usted habló nuevamente con su padre y nos comunicó que me esperaba a las tres de la tarde en Palacio. Usted se reunió conmigo en el Restaurant El Carmelo de la Calle Calzada y de allí partimos juntos. Recuerdo que usted trataba de saber lo que estaba sucediendo pero yo no le dije nada, tan solo que recordara a Brutus, uno de los asesinos de Julio César, al cual este quería como a su propio hijo.

Cuando llegamos a la ante sala del despacho de su padre, usted entró para notificarle mi presencia y luego regresó para acompañarme, dejándonos solos.

Al preguntarme cuál era la urgencia de mi visita, le informé que el Gral. Cantillo me había pedido que hiciera gestiones para verlo, y le contara sobre la orden que había recibido del Jefe de Estado Mayor Conjunto, extrañado de no haber recibido ninguna orientación de su parte.

El Presidente se paró y me dijo: “?Usted está seguro de lo que está diciendo?”, y yo le contesté: “Estoy cumpliendo con lo ordenado por el Gral. Cantillo.” Hablamos más de dos horas, durante las cuales pude percibir que el Presidente no estaba siendo bien informado, pues ignoraba la deserción del Coronel Florentino Rosell (mientras cambiábamos impresiones, le llegó el informe de este acontecimiento). Al concluir, me dijo que haría pasar a través del Jefe del Ejército, Gral. Rodríguez-Avila, un mensaje por la micro-onda al Gral. Cantillo para que dejara sin efecto la entrevista ordenada. Tembién me dijo que pondría un avión a las seis de la mañana para que me trasladara a Santiago de Cuba e informara al Gral. Cantillo que desistiera de la misión. Recuerdo que al salir de Palacio nuevamente trató usted de averiguar lo que pasaba pero yo guardé silencio.

A las 2: 00 a.m. del día 28, recibí una llamada telefónica del Cmt. Dole, ayudante del Gral. Tabernilla Dolz para que me personara en el Estado Mayor. Lo llamé a usted nuevamente para que le preguntara a su padre si debía acudir a la cita, contestándome, a través de usted que cumpliera la orden. Me presenté al Gral.

Tabernilla Dolz, me apartó para que nadie nos escuchara y me preguntó: “? Tú sabes algo de la orden que se le dio al Gral. Cantillo?”. Le contesté que algo había oído. “Hay un avión para usted mañana para que lo traslade a Santiago de Cuba y le diga al Gral. Cantillo que le dé largo a la orden que se le dio.”

A las 6: 00 a.m. estaba en el Aeropuerto Militar de Columbia pero no pude salir hasta las 10: 00 a.m., ya que me dijeron que el avión se estaba reparando. No llegamos a Santiago hasta la 1: 00 p.m. y en el mismo aeropuerto pregunté por el Gral. Cantillo. Se me contestó que volara en helicóptero, solo con su piloto, el Capt. Izquierdo. Al regresar y verme, se paró y abrió los brazos sorprendido por mi presencia. Le informé de mi conversación con el Presidente y de la contra-orden del Gral. Tabernilla Dolz. Me contestó “Too late Martínez, too late. Acabo de tener la entrevista ya que no había recibido ninguna contra-orden. Mañana regresaré a la capital e informaré al Presidente.”

Esa noche regresé a La Habana en un avión comercial. Al otro día, 29 de Diciembre, me comuniqué con usted para informarle que el Gral. Cantillo regresaría ese día por la tarde, para que se lo dijera a su padre. Al poco rato, me telefoneó usted para decirme que el Presidente le había indicado que esperara al Gral. Cantillo en el Aeropuerto de Columbia para llevarlo directamente a Kuquine. El Gral. Cantillo llegó a las 2: 00 p.m., esperándolo varios altos oficiales; pero, siguiendo las órdenes de su padre, marchamos a verlo. Usted iba delante en su automóvil y nosotros lo seguimos.

El Gral. Cantillo entró solo al despacho del Presidente, pero luego me contó la conversación. El Presidente le había preguntado por qué no había ido a verlo antes de cumplir la orden dada por el Gral. Tabernilla Dolz. El Gral. Cantillo le explicó que el Jefe de Estado Mayor Conjunto le había ordenado que se marchara rápidamente. Cumplió la orden porque pensó que el Presidente estaba informado, lo cual no era cierto según pudo constatar. También me contó que cuando le iba a relatar los detalles de la entrevista, el Presidente lo paró diciéndole: “No me cuentes nada, ya es demasiado tarde.”

Espero que esta carta ayude a esclarecer la verdad histórica y, con tal propósito le autorizo que haga uso de la misma en la forma que estime conveniente.

Afectuosamente,

Tte. Col. José J. Martínez Suárez.
Ayudante del Gral. Cantillo

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No.27, Septiembre/Diciembre-2010

Índice:

Jorge Edwards: Mario Vargas Llosa Nóbel de Literatura 2010
Michiko Kakutani: Mario Vargas Llosa, Premio Nóbel de Literatura 2010
Antonio Ortega: Apuntes sobre poesía reciente de los Estados Unidos…
Anita Vélez-Mitchell: Cuba
Reinaldo García Ramos: Mi pequeña “Odisea”
Kamala Suraiya Das: Los reclusos
Fernando Iwasaki: Cernuda: antipático y genial
Magali Alabau: Adioses diferentes
Maristella Svampa: Pensador del totalitarismo: adiós a Claude Lefort
Claude Lefort: La dificultad de ser filósofo
Nurmuhemmet Yasin: Palomo Silvestra
Indio americano anónimo: Epitafio para aquel que ha llegado
Hugo Mujica: Nuestra patria es el lenguaje
María Elena Blanco: Jardín de invierno; Patio de suburbio vienés…
Patricio Tapia: La conciencia de Svevo: una mirada a la obra del autor…
Emilio Ichikawa: Entrevista con el Sr. Fulgencio Rubén Batista y Godínez
Juan José Cantón y Cantón: Gastón Baquero
Mariano Blejman: La guerra invisible. Entrevista a Chris Anderson…
Luigi Muccitelli: El bulto del coronel
Yosie Crespo: Calles; Presente
Elena Iglesias: Mina
Amelia del Castillo: Poesía de amor y combate
Margarita O’byrne Curtis: Hotel D’Etrangers
Teonilda Madera: El binarismo luz/oscuridad en Havanity / Habanidad…
Leonora Acuña de Marmolejo: Hontanar Literario
Raquel Romeu: Fugacidad del asombro/Vanishing amazement
Amir Valle: La cruda transparencia de la realidad
James Trefil: “El gran diseño”: El último libro de Stephen Hawking…
Desembarco Literario

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No.26, Mayo/Agosto-2010

Índice:
1. José Triana: El doble / 2-3
2. Julia L. Ortiz-Griffin: La chaqueta de cuero / 3
3. Xavier Ayen: Toni Morrison: El racismo no desapareció / 4-5
4. Manuel García Verdecia: Samsa mira el mundo; destino de Samsa; ruego de Samsa; anhelo de Samsa / 6-7
5. Luigi Muccitelli: Noches inolvidables / Música y revolución / 7-8
6. Luis Mario: Olga Guillot / 8
7. Juan Form: La bohemia es así / 9-10
8. Pedro A. López Cerviño: Los restos de La Habana / 10
9. Robert McCrum: Phillip Roth: retrato del escritor indignado / 11-14
10. Carlos Fruhbeck Moreno: Tinta / 14
11. José Antonio Gil Montoya: Invisibilium; Amata bene; Ad notam / 15
12. Freddy Gómez Cajape: Mi madre y yo / 17
13. Enrique Anderson Imbert: El suicida / 17
14. Héctor Santiago: Los exilios del creador / 18-19
15. Alfredo Villanueva-Collado: Dharma / 19
16. Ramiro Lagos: El gran poeta ruso Yevtushenco ante mi pluma errante / 20-22
17. Luis Benítez: La cámara imposible; Mal tiempo / 23
18. Ferruccio Brugnaro: La visita del sol; Consciencia / 23
19. Diego Trinidad: La izquierda eterna y la derecha que nunca existió / 25-28
20. William B. Yeats: Los eruditos; El oráculo de Delfos sobre Plotino / 28
21. José María Guelbenzu: Maestros inolvidables / 29
22. Lana Leza C.: El último regalo / 30
23. Xiomara J. Pagé: Mi vergen desnudez / 30
24. Matías Montes Huidobro: Locura de amor / 31-34
25. Ma. de los Ángeles Martín Ferrero: Elegía / 35
26, Herminia D. Ibaceta: La voz inevitable de Ángel Cuadra / 36-38
27. Jorge Luis Borges: Borges y yo / 38
28. Janitzio Villamar: Silencio (IV; V; VI) / 39
29. Amelia del Castillo: Un acercamiento a Temblor de luz de Elena Iglesias / 40-41
30. Jesuhadín Pérez Valdés: Tu isla / 42
31. Ruber Iglesias: Buenas noticias / 43
32. Félix Luis Viera: Una caja repleta de destinos errados / 44
33. Jorge Antonio Pérez-Pérez: Cuando el infierno son los demás, el paraíso no es uno mismo / 44-46
34. Pedro Pablo Pérez Santiesteban: Rafael Bordao; una voz en la poesía / 46
35. Desembarco Literario / 47-48

Fototeca: Mariel: Memoria y escritura

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Tu isla, poema de Jesuhadín Pérez Valdés

Jesuhadín Pérez Valdés

Tu Isla

Pintura de Isaura Potestad

A un corazón que late en el exilio.

Aquí está tu isla
solitaria
en medio de un asedio que solo sirve
para encarcelar ilusiones.
Aquí está tu isla
con el pecho apretado por la camisa de fuerza
de un puñado de caprichosos…
un cúmulo de silentes latidos
vive en ella.

Aquí está,
aquella que dejaste un día por miedo del futuro,
tu Isla secuestrada,
naufraga, perdida en medio de un mundo
que ya no se ocupa de las nimiedades.

Tu Isla sin petróleo, ni automóviles,
ni periódicos libres, ni internet…
Tu Isla, como el hueco negro en medio del Caribe,
tu isla, tu pobre isla cargada de memorias
y de aquellas cosas que dejaste atrás.

Aquí está tu isla
en la que naciste un día cualquiera
en la que corriste y aprendiste a hablar
aquí está, mal cuidada por los que la poseyeron
tú sabes cómo…

Tu isla, la que perdió su inocencia hace muchos años
por hambre, mentira y soledad,
abandonada, sucia, silenciosa…
atada con cadenas al tronco de un capricho obtuso
pariendo hijos que le dan la espalda.

Isla repleta de grafitis, de putas y de corrupción
aquí está todavía,
hecha añicos, rodeada de basuras,
sin agua limpia, descalza, apuntalada,
pero está todavía por si quieres verla.
Esta Isla existe… lo juro.

Jesuhadín Pérez Valdés (Cuba). Estudiante cubano de Derecho. Varios artículos suyos han sido publicados en la revista cubana Vitral. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Reside en Cuba.

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La cámara imposible/ Mal tiempo, poemas de Luis Benítez

Luis Benítez

La cámara imposible

Cámara imposible la llaman los que saben de cine,
porque la imagen es vista desde una pared
o desde la oscuridad donde no hay nadie
y es como el tiempo que nos mira hacer y deshacer,
siempre absortos en la ilusión de no ser vistos,
siempre a salvo perdidos en las más estúpidas ceremonias.
Allí, bajo la lente, renace el mundo perdido
entre las venas ya duras y los pelos que salen de la nariz,
a pesar del corazón que anhela por fin dormir bajo la tierra,
de los pulmones que hace tanto no desean más el aire;
la cámara imposible sigue la coreografía de lo íntimo
que cree haber escapado un momento de lo público
y las viejas ceremonias vuelven a poblar los rincones
de gente que no existe, a cambiar la escenografía
por otros decorados hace años tragados por los días.
Más sinceros que la masturbación, más evidentes que el ensueño,
los rituales secretos devuelven el sentido a las ajadas fotografías,
a los recuerdos que salen de esas imágenes con su andar leve de enanos,
a la pesadilla gozosa de estar a solas, finalmente,
con ese pesado monstruo que pasa rápido por los espejos.
Y la cámara imposible filmando todo
para el archivo candente que utiliza la memoria,
esa extorsión que esgrimirá mañana el pasado:
mañana, cuando nos avergüence otra vez y otra vez y otra vez
saber que hicimos lo que hicimos y que somos finalmente
otra vez todo lo que fuimos y seremos también cuanto no fuimos,
como registró la cámara, la cámara imposible.

Mal tiempo

Ya el día se resfría en su traje de noche,
y la ciudad se coloca su sombrero de lluvia.

La multitud es un solo caballo
nervioso por la calle,
aunque en ella alguien duda
entre un lado y el otro.

El hambre con desgano
cede su asiento a un temor bien guardado,
que en un mito antiquísimo
alza la mirada al cielo de un color enojado.

En un instante nadie tiene una casa
bajo el peso del mundo
y la intemperie es una hermana muerta
que entreabre los ojos.

Luis Benítez (Buenos Aires, 1956). Poeta, narrador, ensayista y dramaturgo argentino. Ha escrito 24 libros. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University; de la World Poetry Society (EE.UU.); entre otras. Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); entre muchos otros. Reside en Argentina.

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Mariel: Memoria y escritura

Mariel: Memoria y escritura

Acto celebrado el pasado 12 de junio en el Baruch College de Nueva York, para conmemorar los 30 años del éxodo del Mariel; destacados profesores y críticos analizaron la repercusión cultural del grupo de escritores que llegaron a Estados Unidos en ese éxodo. Los participantes fueron: Miguel Correa, Maya Islas, Mabel Cuesta, Elena Martínez, Pedro Monge, Mirta Ojito, Andrés Reynaldo, Perla Rozencvaig, Francisco Soto, José Manuel Prieto y Lourdes Gil.

Mabel Cuesta (i); Andrés Reynaldo; Lourdes Gil y Miguel Correa.

Miguel Correa (i); Andrés Reynaldo y Vicente Echerri (sonriendo).

De pie, Pedro Monge; sentada (vestida de blanco) la profesora Perla Rozencvaig.

Iván Acosta (i); Pedro Monge; Maya Islas; y Joe Gil-Berlinches

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Locura de amor, por Matías Montes Huidobro

Matías Montes Huidobro

Locura de amor

Afortunadamente, aunque Oba era algo tímida, desde pequeña le había echado el ojo a Changó. Era inocente, pero no era boba. Bien hubiera podido echárselo a Eleguá, o inclusive a Orula, que era muy tranquilo y se pasaba el día escribiendo, aparentemente (no lo sabemos) sin meterse con nadie, ni corriendo por el mundo como Eleguá, y mucho menos salíendo por las calles medio encuero y saltando de rama en rama, como hacía Changó como si fuera Tarzán. Pero precisamente, las mujeres son como son y aquel bocado, Changó, parecía ser el más apetecible y con mayor jugo. Después se quejan de las consecuencias, pero a un gustazo un trancazo, y ellas mismas se lo buscan.

Aunque Changó tenía una vaga idea de quién era Oba, no le había echado mucho más que un vistazo, sin que le hubiera llamado la atención. Coincidieron en un bailecito sin importancia cuando cumplía el servicio militar. Los fines de semana iba, cuando no estaba mejor empleado, a fiestecitas de barrio, de familias decenticas que celebraban algún cumpleaños. En uno de ellos la conoció, sentadita en una esquina sin que nadie la sacara a bailar. Medio dormido por la juerga de la noche anterior, le hizo una rápida inspección ocular y le pareció que no estaba mal, y entre un pasillo y el otro, le extendió la mano para bailar un bolero. Oba lo hacía bastante bien, pero cuando él quiso pegársele como se les pegaba a todas, ella interpuso discretamente el codo, que es un hueso muy duro, para evitar cualquier frotación, razón de más para que Changó no le pidiera una segunda vuelta, buscándose otra que fuera más frotable. “Bueno, pues ahí te quedas”, pensó, y al poco rato se fue para la casa de al lado.

Obatalá insistía en que Changó dejara las malas compañías y se encaminara por la el caminito de las personas decentes. Yemayá, que era una consentidora, le decía: “Mejor que disfrute de la vida, Obatalá, que sabe Dios lo que tendrá que sufrir. Es mejor que la corra de joven que no de viejo.” “Ahí tienes a Eleguá, que es un muchacho tan responsable y nunca falta al trabajo”, argumentaba Obatalá. “¿Y de Osún qué me dices? ¡Que sentido de los negocios!”. Yemayá no tenía demasiada afinidad con aquel hijo que sólo pensaba en el dinero. “¡Y Orula, que se pasa la vida con el papel y el lápiz en la mano!”, agregaba Obatalá. “¡Quién sabe lo que estará escribiendo! ¡Lo que pensará de su familia…! ¡Sobre todo de su madre! ¡Con lo que yo he sufrido!”, exclamaba Yemayá, que siempre era un poco teatral. “¡Si escribe sobre ti, será un best seller!” “A Changó lo quiere todo el mundo!” “¡Principalmente las mujeres! No es que no lo quiera, y ya sabes que siempre he sido el primero en malcriarlo. Un niño mimado, por ti y por mí, pero precisamente… ¡El hijo de la vejez! Pero ya es hora que…”, insistía Obatalá. Después, tras una pausa. “Ya se lo hemos dicho, pero voy a tener que hablar con él nuevamente, ahora que se nos ha presentado una oportunidad…” “¿Qué quieres decir?”. “Oba”, aclaró Obatalá. “¿Oba? ¿Esa muchachita que se viste siempre de rosado?”. “Sí, Wembe. La misma. ‘La Diosa del Amor’, como la llama Olofi Olodumare.” Yemayá se quedó pensativa, porque tenía entendido que “La Diosa del Amor” era su hermana. “Yo creía que era Ochún”. “Me refiero, más específicamente, a ‘La Diosa del Amor Conyugal’, que es mejor todavía. Cuando menos en este caso. Es una muchacha de muy buenos antecedentes. Virgen, según me han asegurado. Buena para que Changó siente cabeza”.

Obatalá habló nuevamente con su hijo. Changó quería permanecer soltero, pero tarde o temprano tendría que ceder ante la presión de la familia. “¿Oba?”, preguntó. Y se acordó de ella. No era gran cosa, pero podía meterle mano y como no parecía muy dominante, podría vivir con ella. “Pero a mí me gusta Oyá”. “¿Y esa quién es?” Obatalá trató de hacer memoria, pero no la recordaba. “La Dueña de los Cementerios”, aclaró Osún. “¿Estás loco?”, dijo Yemayá, volviéndose hacia donde estaba Changó. “Muchacho, esa mujer a ti no te conviene.” A Yemayá, efectivamente, esta relación le daba muy mala espina; sí, lo mejor era que se casara con Oba lo más pronto posible. “Además, Oyá es la mujer de Ogún”, aclaró su madre. “Debe ser una mujer muy peligrosa”. “Pues si es la mujer de Ogún, no puedes casarte con ella”, dijo Obatalá. “Eso puede traernos muy graves problemas, porque Ogún es un desgraciado que trajo la salazón a esta casa, sin contar que es el Dios de la Guerra”. “No te olvides que yo soy también el Dios de la Guerra, el dueño del rayo y el trueno, con un hacha doble en la cabeza”, dijo Changó tratando de ser lo más convincente posible. A lo que Obatalá respondió: “¡No seas comemierda! Ogún es el demonio en persona, y acabó con la tranquilidad de esta familia.” “Precisamente, ¡bien merece un castigo!”. “¿Hermano contra hermano? ¿Una guerra fratricida? ¡No, no, Changó, yo no traje hijos al mundo para que se mataran unos a otros!”, exclamó Yemayá, francamente melodramática. “No hables tonterías, Changó. Las guerras civiles son un desastre y nadie sale ganando”, razonó Osún. “Es verdad que tú eres el dueño del rayo y el trueno, pero Ogún ha estado apertrechándose de armas en la sierra desde hace muchos años. Mejor es dejarlo en paz al otro lado del Cauto. Meterle un embargo, o algo así. Pero la guerra, cuerpo a cuerpo… Recuerda que el cuerpo te sirve para otras cosas… Piensa que con una guerra de por medio no tendrás mucho tiempo para el relajito, que tanto les gusta a ti y a los cubanos.” “Oye a tu hermano, que tiene muy buena cabeza”, dijo el padre, porque aquellos argumentos le parecían muy sólidos. “Hemos pensado mucho en el asunto, y no te vamos a pedir ayuno y abstinencia, sino discreción, y Oba es una muchacha excelente…” “Que te dejará hacer lo que te dé la gana”, agregó Yemayá. “Pero a mí me gusta Oyá”, dijo Changó empecinadamente. “¿La mano derecha de Ikú…? Este muchacho tiene el gusto atrofiado”, argumentó Osún. “¡Esas son calumnias!. ¡Es una oricha como todos nosotros!”, arremetió Changó. “¡Será una oricha, pero no todos los orichas son de la misma clase”, sentenció Yemayá. “¡Y se la comen los celos! Porque esa mujer tiene celos hasta de las cruces que hay en los cementerios. ¡Te lo dice tu madre! No te dejará ni de día ni de noche, y no confiará ni en tu sombra ni en la suya. Te vigilará hasta los sueños. Te hará la vida imposible, porque los celos son una desgracia. ¡Acuérdate de lo que te estoy diciendo!” De todos los argumentos, ese de los celos era el más importante, porque ya se había dado cuenta, y eso que no estaban casados, por lo cual ya podía imaginarse lo que sería si lo estuvieran. “Bien, bien, déjenme pensarlo por un momento”.

No lo hizo por mucho tiempo, porque dos meses más tarde ya se habían casado. Todo pasó con cierta precipitación, por insistencia de Yemayá que temía que Oyá cometiera un disparate. Cuando Oyá se enteró hubo que detenerla, porque estuvo a punto de aparecerse en la iglesia para evitarlo y estaba decidida a mandarlos a los dos al cementerio, donde ella tenía la jefatura.

Changó entró, efectivamente en razón y comprendió las ventajas de estas nupcias. Necesitaba, además, vacaciones, porque aquella lujuria permanente, que era como si estuviera tomando una sobredosis de viagra todas las noches, lo tenía agotado. Bien se merecía un descanso. Aquella luna de miel fue un verdadero sosiego, y como Oba se conformaba con cualquier cosa y era una chica sin experiencia, Changó no tenía que tocar las maracas como en sus mejores momentos. Se fueron de vacaciones a Varadero y él se dejaba querer sobre la arena, pero suavecito, como si fuera un bálsamo. Oyá estaba hecha un basilisco, se arañaba y se hacía heridas por todo el cuerpo, dándose golpes en la cabeza contra la pared. “Bueno, allá ella”, pensaba Changó, porque Oba, después de todo era un encanto. Precisamente la medicina que necesitaba. No pedía nada y todo lo daba. Era sin duda otra clase de persona y por primera vez estuvo en contacto con la ternura y el desinterés. Lo quería sin querer arrancarle los cojones y el pito para adueñarse de ellos con la papaya. Él mismo se sorprendía de los sentimientos más sutiles que había desencadenado en él, en su cuerpo pero principalmente en su espíritu, como un tejido ya hecho que gradualmente se desteje. ¿Era eso lo que llaman amor? No sabía, realmente, que esas cosas pudieran suceder y se sentía, por primera vez, tranquilo. Capaz de dormir sin despertarse con una erección, impelido a salir detrás de la primera perra que pasara por su lado y caerle por detrás en callejones y guardarrayas. Ignoraba la posibilidad de un amor decente, sin un permanente hervidero de leche.

Y sin embargo… Teológicamente hablando, aquello iba a durar lo que un merengue en la puerta de un colegio.

El día menos pensado se le apareció Oyá en la puerta de la casa cuando se iba para el trabajo. Se quedó perplejo. ¿Cómo era posible que se atreviera a tanto? “Y tú ¿qué haces aquí?”. “Vine a verte”. El siguió caminando, porque tenía que coger la guagua. Ella lo siguió. “¿Qué quieres?” “Que te acuestes conmigo”. “Aquí viene la ruta ocho. Tengo que irme para el trabajo, porque sino llego tarde.” El se montó en la guagua y ella también. “Ahora no puedo”. “Más tarde entonces”. Cuando llegaron a la calle Muralla esquina a Cuba, cerca del Ministerio de Hacienda, se bajaron. Ella lo siguió. “Si no te acuestas conmigo te doy un escándalo”. El se fue para la oficina. Miraba por la ventana y Oyá seguía allí, esperándolo, parada al otro lado de la calle. No fue a merendar. A la hora de la salida, ella estaba esperándolo en la puerta. “Soy un hombre casado” “A mí eso no me importa”. “Y pronto seré un padre de familia”, agregó, aunque mentía. “Me da lo mismo”. Se montaron en la guagua. Se bajaron. Oyá lo siguió hasta la esquina de la casa. Oba estaba en la puerta, esperándolo. Ella se quedó a la vuelta de la esquina. “Hasta mañana”, le dijo Oyá. Al día siguiente pasó lo mismo. Pasaron cinco días y se repitió la misma escena. El viernes, ella le volvió a decir. “Si no te acuestas conmigo te doy un escándalo”. Changó vió una posada y le dijo: “Está bien. Vamos a esa posada”. Oyá se detuvo: “Una posada, no. Búscame un cuarto en una cuartería donde vengas a verme una vez a la semana y te dejo en paz. Tienes este fin de semana. El lunes vuelvo”. “¿Y tu marido?” “Ogún no sabe nada. Le dije que me iba a vivir al cementerio”. Así se hizo. Changó le alquiló el cuarto en la cuartería que estaba en la esquina donde se tomaba la guagua, porque le pareció lo más práctico.

Oba, por su parte, era feliz. No se daba cuenta de nada. Ojos que no ven corazón que no siente. San Antonio le había concedido lo que le había pedido. Tenía a Chango todo el tiempo que quería. Osún le había conseguido en trabajito en el Ministerio de Hacienda que lo mantenía entretenido, cubriendo las formas con algún papeleo, y tomando tacitas de café y comiendo croqueticas de jamón y pastelitos de guayaba en la Cafetería Europa que estaba en la calle Obispo. Oba, que sólo había ejercido de maestra de escuela primaria por un año, se dedicaba por completo a las tareas del hogar, que mantenía, como era de esperarse, como si fuera una verdadera tacita de oro, casi todo pintadito de rosado, como si vivieran en una película de Walt Disney. De vez en cuando se pellizcaba, porque se sentía como la Cenicienta cuando el príncipe le dio un besito inocente en la boca. ¡Qué lindo! Hasta que un día oyó unos toquecitos en la puerta, como si acabara de llegar la bruja de Blancanieves.

Era Oyá…

“Vecina, buenos días. Ay, perdona, no te quería molestar. Que voy o que si me quedo. Bueno, no sabía qué hacer. Ser o no ser. Tener o no tener, pero lo cierto era que no tenía. ¡Figúrate! Cuando llegué al aparador me encontré que me había quedado sin una gota de sal… y me dije… Bueno, no quiero molestar, pero… ¿Qué malo tenía eso? ¿Frijoles sin sal? ¡Qué disparate! Nada, que me dije, si, sí, voy, porque un puñadito de sal se le da a cualquiera”. Y metió el pie por la puerta entreabierta. “¡Ay, hija, pero qué casa tan bonita tú tienes!”, exclamó regando unos polvitos por el piso, en los rincones más bien, porque de haberlo notado Oba le hubiera metido a la escoba inmediatamente. “¡Y qué limpio, Dios mío, yo que soy tan regona! ¡Pero si en esta casa se puede comer hasta en el piso!”. Mirando alrededor: “¡Y ese color rosado, qué bonito! ¿Cómo no se me había ocurrido? ¡Todo tan rosadito, que es un color tan femenino! Y el sosiego que da… Algo así como una luz, un efluvio, no sé… ¡Estoy erizada!”. Y al día siguiente, siempre después que Changó se había ido para el trabajo, porque no quería encontrarse con él: “¿A que tú no sabes lo que me pasó? ¡No, no te lo puedes imaginar! Porque a media mañana, nada, que siempre me tomo mi tacita de café. ¡Porque sin el café estoy como sonámbula y no puedo levantar un dedo! Fui a la despensa, donde guardo el azúcar, y nada, ¡ni una gota de azúcar! En fin, que yo sin el café no puedo vivir, y me dije, ¿voy o no voy?, ¿le pido un puñadito de azúcar o no se lo pido? Pero, me dije después, ¿qué malo tiene eso? Porque un puñadito de azúcar se le da a cualquiera, ¿no es así? ¡No, por favor, no vine para tomarme una tacita de café! Porque café tengo, pero no tengo azúcar, y el café sin azúcar no lo resisto. Café amargo, ¡de ninguna manera!”, decía mientras Oba se acercaba con la tacita de café “¡Ay, pero qué bueno está! No, no, es lo que yo digo, tú haces el café mejor que nadie. Lo demás es bobería. ¡Ya quisiera yo para un día de fiesta! Porque este café despierta un muerto. ¡Y lo dulce que está! Bueno, si insistes, me doy una vuelta mañana por la mañana, a eso de las diez, pero no todos los días, todos los días no, porque no quiero ser una confianzuda!”, exclamó mientras dejaba caer unos polvitos en un rincón de la cocina, y así sucesivamente. “Buenos días, vecina… Niña, yo te noto un poquín desmejorada. ¿Te pasa algo? ¡Espero que no!” “Y Changó, ¿está bien? ¿Se porta bien contigo?” “¡Ay, muchacha, cuánto me alegro! ¡Porque hay cada uno por ahí!” “ No, no me hagas caso. Son cosas de la vida.”. Y al día siguiente: “¿Dormiste mal anoche? ¿Te desvelaste? ¿Tuviste pesadillas?” “Menos mal, pues te vi así y pensé, quizás a Oba le pase algo”. “¿No? Pues me alegro, chica, mejor así. Y este café está mejor que nunca. ¡Que mano tú tienes! ¡No, no, no, no es la cafetera! Bueno, será italiana, pero no es la cafetera. ¿Pilón? ¿Bustelo? Porque a mí me da lo mismo uno como el otro. Es que tú… bueno, le das un toque especial… ¡Ni en La Esquina de Tejas ni en La Carreta! ¿En Versalles? ¡Que tontería! No hay café como el que tú cuelas. ¡Porque tienes unas manos! ¡Déjame verlas! ¡Que Dios te las bendigas! Y ese rosadito pálido… Oye, pero ese esmalte para las uñas te queda muy bien. No te lo quites.” Con disimulo, dejó caer otros polvitos. “¿Y ese perfume? ¡Muchacha, pero qué bien hueles! ¿Te lo regaló Changó? ¿No? Y donde lo compraste, ¿en El Encanto o en Fin de Siglo? ¿Y que dice Changó? ¡Le gusta! ¡Lo tienes embobao!” “¿Qué no dice nada? ¡Ay, mi amor, ese negro no tiene olfato! ¿Puedo pasar al baño?” Aprovechó, de carrera, para pasar por la habitación, abrir las gavetas de la cómoda y rociar la ropa interior de Oba con unas goticas de “espantahombre”. Y dos días después, con un pan de maíz en la mano, que tenía raspalengua, revientacaballo, yuca, palochinche y mejorana –un bilongo mayombero de resultado garantizado–, le puso la tapa al pomo: “Para que tú veas que también sé cocinar, no tan bien como tú, claro, pero hago lo que puedo. Te hice estas torrejas de pan de maíz que a mí me han dicho que me salen muy bien, pero no sé qué dirás. Tienen también su coquito rayado, pasas, casquitos de guayaba, en fin, todo lo que se necesita para hacernos tragar cualquier buche amargo: guarapo, melao de caña, azúcar prieta y miel, mucha miel”, agregó, segura de que con tanta azúcar iba a disimular el “bilongo”. “Abuelita dice que es para chuparse los dedos, ¡cómo una melcocha!”. Y abanicándose y secándose el sudor con el pañuelo: “¡Ay, pero qué calor hace! ¿Me quieres traer un poquito de agua fría, pero bien friecita, del refrigerador! No, no, no, no quiero Coca Cola. Agua solamente”, dijo, y regó un poco de picapica por las esquinas. “Esto no falla”, pensó: “El picapica con la pimienta origina riñas y discusiones entre las parejas, que se tiran de los pelos, y trae funestas consecuencias”. “Gracias por el agua. Mañana me cuentas”. “¿Te pasa algo?”, le preguntó Oyá a la mañana siguiente, a eso de las diez, antes de que Oba se metiera en la cocina, porque no quería dejarlo para más tarde. “No, no me lo niegues. Se te ve en la cara. ¡A ti te pasa algo! Conmigo no hay secretos, porque para eso estamos las buenas amigas. ¡No, no te pongas así! ¡Hija, pero no te pongas a llorar de ese
modo, que me partes el alma!” Oyá estaba loca de alegría y hasta le costaba trabajo disimularlo. Oba lloraba a mares. Oyá la abrazó, la besó, le secaba las lágrimas con una toalla. “Pero bueno, cálmate. ¿Qué hay otra mujer? ¿Qué Changó te pega los tarros? Pero, ¿quién, chica, te ha dicho eso? No, no, eso es una sarta de mentiras. ¿Un pleito terrible? No, pero no puedo creerlo. ¡Ustedes que se querían tanto! Y él, que te mimaba. ¿Golpes? ¿Empujones? ¿Sí o no? Bueno, menos mal, porque por lo menos no te ha puesto un dedo encima. Eso es alguien que quiere hacerles daño. No, no, seguro, a ustedes les han echado un “bilongo”. “¡Lo que tú oyes! ¡Y quién menos te lo imaginas! ¡Claro, claro, la envidia! Porque la gente lo que les envidia es el cariño que se tienen. ¡Naturalmente! No, no, no te pongas así, que todo tiene solución. Mira, oye mi consejo: el amor entra por la cocina. Sí, sí, lo que te digo es muy serio. Préstame atención. Tienes que amarrarlo con un nudo del cual no se pueda soltar”. “¿Qué tú no crees en eso? ¿Cómo es posible? Estás loca de remate, porque esas cosas pasan, ¡y el daño que hacen! Tienes que librarte de ellas, ¡a la fuerza si es necesario! ¡Escucha! Mira. Préstame atención y abre las orejas. Las orejas, sí, precisamente. Lo que pasa es que tu mamá, con esas ínfulas que tiene, te alejó de la verdadera religión, y te crió así, quitándote las señas de identidad, hija, que no crees en lo que tienes que creer. Porque hay que tener fe. Oye lo que te digo, porque tengo entendido que Changó es muy goloso y eso se resuelve con un plato de quimbombó”. Oba dio un salto en el asiento. “¿De quimbombó?”, preguntó sorprendida. “¿Pero no me dijiste que a Changó le encantaba? Que el quimbombó, que si esto o aquello, lo enloquecía… Que por un plato de quimbombó daba la vida y que el que tu hacías… Bueno, no me lo tienes que decir porque los otros días… cuando estuve por aquí a eso del mediodía y tú me le diste a probar… No, no, si estaba exquisito… Pero le faltaba una oreja…” “¿Una oreja?”, repitió Oba, que no salía de su asombro. “Esta receta no lo lleva”. “Claro, lo comprendo, porque no vas a echarle una oreja todos los días.” “¿Una oreja?”, preguntó nuevamente. “Para el “amarre”, porque sin oreja no hay “amarre” posible. Es imprescindible. Y de puerco no puede ser…” “Pero yo no tengo…” “¿Cómo? ¿Y esas dos orejas que tienes en la cabeza?”. Oba retrocedió horrorizada. “No, Oba, no te pongas así, que ese “amarre” no falla. Está garantizado. Claro que tiene que ser una oreja tuya, porque eres tú la que quieres “amarrarlo” y estás haciendo el nudo. Te lo digo por tu bien, por la felicidad de ustedes. Claro, yo podría darte una mía, pero no tiene sentido. Tienes dos y siempre te quedarás con una, sin contar que Changó, seguro, se queda contigo, porque no hay quien lo saque de esta casa. ¡Hasta que la muerte los separe! ¡Créeme, es infalible! ¡Te lo dice tu mejor amiga!” Le dio un beso en la mejilla, dio media vuelta y se fue por donde había venido.
Como una autómata, Oba se metió en la cocina para hacer lo que Oyá le había indicado. Lavó el quimbombó, lo picó en pedacitos, preparó el sofrito, con tomate, ají, cebolla, y un ajo picadito, y lo tiró en la cazuela con un poco de manteca, sal y pimienta, con la candela bajita. Lo revolvió un poco. Le agregó el agua que indicaba la receta y su poco de vino seco. Buscó un par de plátanos, los peló, los cortó en varios pedazos, no muy gruesos. Tomó el cuchillo y sin pensarlo dos veces, se cortó una oreja y la tiró en la cazuela, junto con los otros ingredientes. Se llevó un paño de cocina a la oreja, porque estaba echando mucha sangre y corrió al baño en busca de una toalla. Las gotas de sangre caían en el piso. Por el amor de Changó hacía cualquier cosa que le dijeran.
Se miró al espejo del baño y al verse tinta en sangre y sin oreja, horrorizada ante lo que había hecho, pegó el más espantoso de los gritos. Oprimió la toalla para que la sangre dejara de correr, donde había estado la oreja que ahora hervía en la cazuela. Estaba llorando a mares y las lágrimas caían en el piso. Así estuvo por largo rato hasta que la sangre dejó de salir. El olor del guiso de quimbombó empezó a llenar la casa, de forma tan deliciosa que parecía un perfume. Changó estaría al llegar de un momento a otro, y con un par de toallas se inclinó y empezó a limpiar el piso, como si fuera un criminal que estuviera borrando las huellas del crimen antes de que llegara la policía.

Se quitó la ropa que tenía puesta y se tiró una bata rosada con la que casi siempre esperaba a su marido, olorosa y limpia. En el armario buscó un turbante que se había comprado en Varadero cuando fueron de luna de miel, que nunca se había estrenado, rosado también. Se miró al espejo. El turbante le quedaba muy bien y de nuevo le corrieron las lágrimas cuando pensó que ella lucía muy bonita. El olor del quimbombó llenaba la casa como si quisiera abrir el apetito y por un momento pensó que se le iba a quemar, corriendo a la cocina en el preciso momento en que Changó abría la puerta de la calle. “Eso huele muy bien”, dijo.
Oba había preparado la mesa desde temprano. Changó separó una de las sillas y se sentó, mientras que Oba ya llegaba con la sopera donde había puesto el guiso. “Me muero de hambre”, dijo, mientras ella le servía el quimbombó en un plato hondo. Se sentó al otro lado de la mesa, con aquel turbante que se ponía por primera vez y que le quedaba muy bien. “Luces muy bonita”, dijo Changó mientras se llevaba la primera cucharada a la boca, que saboreó con gusto, porque el quimbombó lo perdía. Al ir a tomar la segunda, notó la oreja que se ahogaba en el fondo del plato. Entonces pegó un grito.
Miró a Oba y se dio cuenta que la sangre le corría por el cuello, y que las lágrimas también le corrían, rodándole por las mejillas, y pensó que estaba, o estaban, perdiendo el juicio. Se puso de pie, alargó la mano derecha y le quitó el turbante, viendo que le faltaba la oreja, que como un pez muerto flotaba en el plato. A punto de vomitar, se llevó una servilleta a la boca y salió corriendo de la casa. Oba seguía llorando. Partía el alma verla. En otras circunstancias, hubiera sido un grotesco, pero era una locura de amor, una verdadera tragedia.

Corrió hasta la cuartería en la esquina donde se cogía la guagua. Oyá lo estaba esperando en la puerta del cuarto con la sonrisa de una víbora. “Pero, ¿qué te pasa?”, le preguntó. Él le contó lo que no imaginaba que ya ella sabía. “Esa mujer se ha vuelto loca. Tendrás que divorciarte”. “No voy a hacerlo, por lo mucho que me quiere y lo que yo creo que la quería”. Oyá tragó en seco. Después, con el más perverso cinismo, dijo: “No vas a poder probar el quimbombó en toda tu vida.”

Matías Montes Huidobro (Sagua la Grande, 1931). Dramaturgo, profesor, narrador, poeta y ensayista cubano. Tiene una larga trayectoria en la dramaturgia cubana (Sobre las mismas rocas; Los acosados; Las vacas; La Madre y la Guillotina; Gas en los poros; Ojos para no ver; La sal de los muertos; Funeral en Teruel; La navaja de Oleré; Exilio; Oscuro Total; Su cara mitad; Las paraguayas, etc.), casi todas estrenadas y muchas de las cuales han sido premiadas e incluidas en diversas antologías. Ha merecido numerosos e importantes premios literarios. Reside en Miami.

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El doble, poema de José Triana

José Triana

El doble

Pintado de albayalde entra a la escena,
¿eres tú o soy yo o los dos enlazados,
dos en su extravío, en su despiste,
uno en dos es lo mismo indiferente?
Una corriente pasa, otra regresa.
¿qué papel representas, con quién hablas?
¿Es el traje de lino o de moaré?
Desde aquí la camisa la veo anaranjada
con el cuello y los puños gastados por la mugre
y unos cuantos botones flotantes o caídos.
Se me escapa decir que el viento asola
los calveros rojizos y el arbusto tristón,
que hay un brote de alubias en el pote enterrado,
que suena, está sonando, y seguirá sonando
a la zaga de las nubes de lata
informes caballeros submarinos.

Usted de prisa alumbra, quite el foco de encima.
Han vuelto otra vez los días de invierno
y en el ángulo innoble caramelos rosados,
un muchacho despierta a un caníbal y a un perrito.
Sobre la escena avanza tal un triste relámpago.
¿Sabemos a qué hora llega y se quita
la casaca, el sombrero de tres picos
y tira su melancolía en el auditorio?
Recostado a una tarima refunfuña el niño
de cien años, a quien nunca hemos visto.
Desprende las gafas, se obstina en gritos,
y después se adelanta el azul descompensado
en irónico mohín hacia afuera.
Tartajea, enmudece, yo soy de un mundo plano,
de raíces noctámbulas y de nebulosas,
concibo a veces un clavo mordiendo
los tejados y mimbres ocultos.
Oropéndola, dime, qué puedo hacer, volar
el charco, dormitando, el charco del absurdo,
crujiendo los dientes, o matándome el hastío
a fuerza de cujazos, de trémolos impíos,
de proyectos que se quedan a medias.
Atrás, atrás, reclamo, extendiendo las manos
extendiendo mi enojo de mendigo,
desvinculado entonces de la fiesta.

Pintado de albayalde se escapa de la escena,
¿qué dijo o qué no dijo?, ¿era un monólogo
o un pase de tierra ignominioso,
el esquivo trazado de una ciudad muriéndose
de haber perdido el centro de su gravitación?
¿Inesperados recursos, pasillos de madera
tambaleándose en el vacío del error,
golpes inciertos inscritos en la penumbrosa
estancia de los cartílagos húmedos,
la palabra común que se persigue
entre los cáñamos y las astas de los girasoles?
¿Recursos como comidas frugales
en un desbarajuste? ¿Un calabozo?
¿Un cohete apagado antes de llegar al cielo?

Interrogo porque estaba entre soñando barcas,
espirales de rústicas callejas.
No seguí el discurso, anticuado y obsceno.
Me detuve en el sueño acariciando
una estatua redonda en la repisa.
Bebo mi infusión de verbena y como
semilla de cardamomo mojadas
en aceite, si William Peterson
reniega la pesadilla del crimen
y sonríe al cruzar una enigmática esquina.
Ahí va Beethoven con el brazo izquierdo
doblado en la cintura, oiga el Réquiem, Dios mío,
las últimas sonatas de sordera,
alitas inclinadas, alitas de quimeras,
estoy desesperado y no sé qué me pasa
masturbándome en las sábanas sucias
tal vez como un agonizante.

El paisaje ahora es de color de cobre,
lámparas suspendidas y azulejos.
< no quiere a tu padre. Y tú, di, ¿a quién quieres?>>
Sombras repasan por los ojos vidriosos, frío,
crujientes, provocando el cataclismo,
el crepúsculo rojo, el ventorrillo
anegado de objetos inservibles,
el martillo, las tijeras flojas,
la cucharas de plata zampadas por el moho,
docenas de zapatos, botines, un cangrejo,
el uniforme de un guerrero, lápices,
las cartas en el suelo, las cartas en paquetes,
sinónimo de usura y de chantajes,
de arcaísmos viciosos cargados de nostalgia,
en el Libro de Ruth encontrarás
la causa justa, adecuada, que trae
un paño de lino para el rostro y las lágrimas.

<<¿A qué vienes, pregunto, a qué vienes, cuando el agua
desciende por los obstruidos albañales
y de estupor me muero y de cinismo?,
¿a qué vienes, te digo, a qué vienes
con ese repertorio de artificios,
enhebrados apenas, casi una fraudulenta bufonada.>>,
El telón va cayendo, sustentando un suspiro
de aplausos. Corro hasta el fondo de umbría,
césped de lanzas de hollín y laurel.
Yo no soy yo, yo no soy tú,
tú no eres tú ni eres tampoco yo,
semejante a una pérgola diversa
me repliego y de improviso me anulo,
simulacro, impostura, y hecatombe,
¿qué muñones y voces extranjeras?,
¿quién trajo esos ataúdes y millones de muertos,
quien camina de espaldas mientras duerme?

piso el umbral, y soy yo el que repite
las mismas imágenes y el mismo desconcierto,
inventando si es el teatro o el sueño de un teatro
o el teatro que forjo desde el sueño,
siendo sueño y teatro de una algarabía
de la que no tengo el menor control.
Agarro los matules, tomo el trillo.
Eloísa, Eloísa, nos veremos al fin al otro lado.

José Triana (Hatuey, Camagüey, 1931). Dramaturgo, narrador y poeta cubano. Autor de numerosos libros: De la madera del sueño (poemas), Madrid, 1958. / El Parque de la Fraternidad (teatro), La Habana, 1962. / La muerte del ñeque (obra en tres actos), La Habana, 1964. / La noche de los asesinos, La Habana, 1965. Ha publicado extensamente en numerosas revistas de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. Para más información sobre este autor puede visitar la enciclopedia libre Wikipedia. Vive exiliado en París.

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